Antiguo 07-oct-2018, 18:59   #1
Desordenado
Pajillero
 
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Predeterminado Descenso a los infiernos

Introducción. Parte 1.


Eran las dos de la madrugada y el centro de Málaga estaba hasta la bandera. Terrazas abarrotadas de clientes bebiendo y fumando, plazas convertidas en botellódromos improvisados y un tumulto agolpado a las puertas de las principales salas de baile de la ciudad. Raquel tiraba de mí a través de las callejuelas del casco histórico, divertida e impaciente, permitiéndome disfrutar del vaivén de su culo bajo el cortísimo pantalón blanco y del traqueteo de sus tacones sobre el adoquinado.

—¡Vamos, tortuguita, que parece que estás borracho! —exclamó mi novia entre risas.

Evidentemente, iba borracho. Íbamos borrachos. O casi. Dos botellas de Ribeiro durante la cena y un par de copas en la azotea del Hotel AC Málaga Palacio daban buena cuenta de ello. Era el primer sábado de junio y nos habíamos echado a la calle para celebrar, por un lado, nuestro primer aniversario de novios y, por otro, nuestro primer mes bajo el mismo techo. La tajada que llevábamos en lo alto, por lo tanto, estaba más que justificada.

—No sé cómo puedes caminar tan rápido sin doblarte el tobillo. ¡Te vas a hacer daño un día de estos! —le advertí escondiendo una súplica para que aminorase la marcha. Sus pasos eran largos y seguros, y cada pisada provocaba que sus gemelos se marcasen bajo la piel tostada de sus delgadas piernas.

Sinceramente, no sé qué pensáis al respecto, pero a mí pocas cosas me parecen más eróticas que ese caminar seguro y de fingida altivez del que hacen gala muchas mujeres cuando calzan tacones de aguja. No obstante, tras mi advertencia, y más allá de mi preocupación por que no nos cayésemos de boca, se escondía un anhelo muy básico en aquel momento: ¡yo quería regresar de una puta vez a casa! Ese era nuestro sitio, ambos lo sabíamos y ambos lo deseábamos. La semana había sido horrible y nos merecíamos un premio. En cambio, para mi desgracia, íbamos directos a un antro discotequero que llevaba tiempo evitando y por el que no podía sentir más rechazo. ¿Y por qué aquel repulsivo destino en lugar de las dulces mieles de nuestra nueva cama? Porque Elena, una de las mejores amigas de Raquel y que también andaba de cena por el centro, nos había llamado para proponernos tomar la última copa de la noche en la discoteca en que ella y mi chica se conocieron poniendo copas unos años atrás. «Será solo un ratito, una copa, y así hacemos tiempo y ganas para la madrugada que nos espera...», había propuesto Raquel, insinuando mucho placer y sudor, tras terminar la charla con Elena al salir del restaurante. Tras admirarla de arriba abajo y antes de borrarle la pintura de labios, le dije que haríamos lo que ella quisiera.

—Ya casi hemos llegado, Gon, a la vuelta de la esquina —me respondió Raquel con voz agitada. Como si yo no supiera dónde estaba la Sala Atrium...

Al girarse para informarme de la proximidad de nuestro destino, pude admirar el bamboleo de sus pechos sobre el escote, ese que desde la cena me estaba volviendo majareta y al que se dirigían la mayoría de las miradas de los hombres con los que nos cruzábamos. Las miradas de ellas, en cambio, se centraban más en los tacones rojos y en el conjunto conformado por un pantaloncito blanco de gasa con camisetilla escotada a juego que en sus dos deliciosas mamas.

Desgraciadamente, poco duraron la parejita de cocos en mi retina y en su lugar se interpuso ese nombre maldito: Atrium. A-T-R-I-U-M. Resonaron las seis letras en el interior de mi cabeza como un mal dolor. Y es que al local no le podía tener más asco. Vale, era grande y acudían las chavalas más guapas. Bueno, las de exterior más llamativo. También el diseño, con una ambientación que parecía querer imitar a las grandes discotecas milanesas o parisinas, ayudaba a llamar la atención y a crear un ambiente más o menos exclusivo y sofisticado —que no selecto—. Pero de nada me sirve ese envoltorio y aquellos reclamos si la música es mala, la bebida peor y la clientela nefasta. Niñatos, perdonavidas, cazurros y barriobajeras de buen ver en busca de niñatos, perdonavidas y cazurros. De vez en cuando se colaba alguna persona normal, sí, algún pijo impostado o grupos para celebrar cenas de empresa o despedidas de soltera, pero quedaban opacados por la presencia mayoritaria de amantes de los tatuajes, los ciclos de Winstrol y las reguetoneras siliconeadas. A esa animadversión general debía añadir otra más particular y que pesaba más que la clientela, la música o el garrafón, y era el hecho de que Raquel hubiera trabajado en susodicho local unos años antes de conocernos.

Por alguna extraña razón, o quizás no tan extraña, nunca me ha gustado conocer detalles concretos de la vida pasada de mis parejas. Exnovios, rolletes, pretendientes, si habían probado o no ciertas drogas y cosas así. Y con Raquel, evidentemente, esa sensación de desvinculación con su pasado sentimental o laboral era aún mayor, habiendo evitado siempre profundizar en su vida anterior cuando surgían temas incómodos. Llámese miedo, inseguridades, celos o vamos-a-dejar-nuestro-pasado-atrás-y-comencemos-de-cero-tú-y-yo. Muchos me entenderéis. Sí, nuestro pasado nos forja y somos los que somos hoy gracias a él. Pero precisamente por eso, porque es pasado y ya ha cumplido su función, yo no quería cuentas con el de ninguna pareja, especialmente con el de Raquel, con diferencia la mejor persona con la que he estado y a todas luces la más llamativa de mi currículum sentimental. Por tanto, era evidente que no quería ir con ella a un lugar que formaba ya parte de su pasado y que por diversos motivos despertaba ciertas desconfianzas en mí, pero qué iba a hacer. La noche había sido maravillosa, estaba engatusado y no quería parecer desagradable ni ansioso por disfrutar de sus labios, en plural, sus gemidos y los abundantes flujos que me iba a regalar. Caballerosidad, empatía y paciencia ante todo. Eso sí, sin dejar de lado la ironía:

—¡Vaya! Qué poca gente hay, ¿verdad?... —comenté al girar la esquina y ver la muchedumbre que se hacinaba frente a la fachada principal de la discoteca. Con un poco de suerte, Raquel se agobiaría y nos largaríamos a casa. Pero no. Raquel se limitó a reír y me dijo que no había problema, que confiara en ella.

La fila humana que nacía en la puerta de la discoteca y moría muchos metros más allá era tan desmesurada como heterogénea, con mucho extranjero y extranjera entre el producto nacional. Raquel me dio un tirón de la mano al llegar al barullo, atravesamos la hilera de discotequeros y giramos una esquina, enfilando un callejón. Un chiflido cantarín la invitó a girar el cuello y yo imité el gesto. Provenía de un chico grandote, de color y extensas rastas, que controlaba el acceso de la saturada entrada lateral. Mi chica le saludó efusivamente y le lanzó un beso con la mano. Sentí algo de celos, aunque lo achaqué a mi estado etílico y mi antipatía por todo lo relacionado con el lugar y no a una conducta impropia de Raquel, extrovertida y cercana con su entorno. Avanzamos y llegamos a la entrada trasera, tercer acceso al local y exclusivo para socios, donde tres chicas de bastante buen ver —especialmente una rubita de pelo larguísimo y vestido cortísimo— coqueteaban con el portero con la clara intención de intentar acceder al local sin aguantar cola ni pagar.

Cuando Raquel se soltó de mí y se enganchó al maromo, las tres muchachas se esfumaron dedicándole una mirada de desdén a la morena de pelo largo que les había robado la distracción. El tipo era grandote y musculoso, estaba rapado y tenía cara de pocos amigos. Todo un estereotipo que se repetía en la mayoría de discotecas del centro, con contadas excepciones. Sus enormes brazos, enfundados en una chaqueta que parecían querer reventar, rodeaban sin dificultad a mi chica, que se encaramaba a su cuello poniéndose de puntillas. Entre aquel corpachón, el aspecto de mi novia era el de una auténtica petite, porque si bien era cierto que con los tacones rebasaba el metro setenta, su complexión fina y delicada y un rostro dulce le otorgaban una imagen infantil de la que le costaba desprenderse. Y yo encantado de que así fuese.

Ante la escena no pude más que sentir otra pequeña lluvia de celos mientras me decía a mí mismo que Raquel tenía el mejor perfil que había visto nunca, por más que alguno de mis amigos confundiera la delgadez de muchas huesudas con las formas magras, menudas y trabajadas de mi novia, que tenía carne donde debía. Y vaya carnes. El achuchón fue efusivo, cargado de complicidad, y, más allá de los celos admisibles que casi cualquiera hubiera padecido, me llegó a hacer sentir incómodo. Recordé entonces uno de los motivos principales por los que no quería acudir a aquel sitio: machos endiosados con la capacidad de poder seleccionar entre un amplio abanico de hembras que los veneran por su posición en un mundo nocturno donde priman la imagen, el aparentar lo que no se es y los contactos de conveniencia.

Raquel se soltó de su cuello y él colocó sus manazas en su estrecha cintura, en el lugar en que camisetilla y pantalón de tiro alto confluían. La sobó con cariño y la aproximó a su torso de nuevo. Estaban peligrosamente juntos, rozándose. Ella, por mantener la distancia de seguridad —su espacio vital había sido ya traspasado—, llevó sus manos a la chaqueta negra de él y le sonrió tímidamente. Se veía tan poca cosa al lado de ese tío que no me quería imaginar a las pobres tías que caían en sus redes. Destrozadas. Observé también que las tetas de Raquel, oprimidas por la posición de sus brazos y la proximidad del otro cuerpo, parecían querer escapar de la ropa. El portero bajó la mirada y le sonrió enarcando las cejas. Mi chica se coscó del detalle y comenzó a reírse, lo que me dejó con la mosca detrás de la oreja. Entonces, divertida, como si sus tetas estuvieran acostumbradas a bromas y miradas indiscretas masculinas, se escapó de sus grandes zarpas y me pidió que me acercara. Por fin aparecía en escena, la tensión se relajaba. Se llamaba Damián y eran amigos desde hacía años, aunque su nombre nunca había salido de la boca de Raquel en mi presencia. Me apretujó la mano pero no dijo ni , y no me cupo duda de que en unos segundos olvidaría que me llamo Gonzalo. Enseguida retornó su mirada a mi novia y le dijo que estaba preciosa, que la echaban mucho de menos y que debía visitarlos más a menudo. Nos invitó a pasar y, tras colocar su huella dactilar en un lector de pared, nos abrió la puerta vip.
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Antiguo 07-oct-2018, 20:56   #2
Desordenado
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Predeterminado

Introducción. Parte 2.


El local estaba atestado de gente demasiado joven, de reguetón, de humo blanco, de flashes y de luces estroboscóbicas. Hacía calor. Mucho calor. Y para colmo no paraba de entrar más gente por la sala de nuestra derecha, esa cuya entrada custodiaba el chico de las rastas. Me encontré desubicado, incómodo. Tenía treinta y cuatro años y estaba seguro de que a más de uno le sacaba tres lustros de vida. Raquel, con veintisiete y aspecto de veinticuatro, sí se mimetizaba mejor con el ambiente del local. Empujada por la música y el alcohol, comenzó a menearse y a bailar mientras fluía a través de la multitud. Totalmente ajena a mi malestar y mis ganas por comenzar a desnudarla, me fue poniendo al día: «Mira, esa es fulanita, la ex de tal»; «Ese es fulanito, el que estuvo con menganita»; «¿Ves esa barra junto a la cabina del dj? ¡Esa era la mía, rey!»; «En la barra vip está Tati. Ahora la saludo, nene». Sabía quién era Tatiana, pero no conocía al resto de personas que me nombraba. Aquello parecía un pequeño mundo en que todos conocen la vida de los demás y solo se relacionaban entre sí. Traté de parecer interesado por su información, pero ni por un segundo me la quise imaginar allí trabajando mientras aguantaba a los cientos de babosos que nos rodeaban.

Mientras se abría paso, varios chicos se la comían con la mirada y hacían el ademán de decirle algo al oído. Hasta que la veían acompañada. Ella, ajena a todo, serpenteaba entre aquel enjambre de cuerpos sin dejar de buscar a la parejita que había retrasado el estreno de nuestro nuevo colchón. Miramos hacia todos los rincones, dejamos atrás un par de gruesas columnas, la pequeña sala de la derecha, la barra central y el reservado vip, pero seguíamos sin ver a Elena y Fran. Llegamos a la esquina que formaba el interior del local y giramos a la derecha, hacia la zona principal en la que se ubicaba, muchos metros más allá, la entrada principal. Varios niñatos se rozaron con Raquel y vi bajo luces azules y tonalidades blancas cómo sus pechos se estrujaban con cuerpos de desconocidos al deslizarse entre ellos. Por fin, en la esquina que conformaba el principio de la barra principal con el photocall, los vimos. Tras avanzar los últimos metros y ser expulsados del tumulto como si nos hubiese parido allí mismo, nos plantamos a su lado y los saludamos efusivamente. Besos y abrazos previos a las preguntas de rigor bajo el ruido ensordecedor de la música.

Elena estaba guapísima. Una tía de ojos color trigo, vivos y alegres, sonrisa blanca y perenne, cabeza atestada de rizos rubios y cuerpo de carnes generosas pero bien estructuradas. El veraniego vestido naranja que vestía daba fe de sus espléndidas proporciones. A Fran lo vi más delgado que la última vez, circunstancia que achaqué a su pasión por el culturismo y la época en la que estábamos, con el verano a la vuelta de la esquina.

Las dos chicas no tardaron en apartarse para comenzar con sus chismorreos y confidencias, como si no hiciera una semana que habían quedado para cenar. Fran aprovechó para llevarme a la barra y calentarme el oído. Él siempre tan extrovertido y yo siempre con tantas ganas de que nada ni nadie interrumpiera los preliminares de cama con mi flamante novia. Aun así, fui fuerte, supe fingir sociabilidad y me mimeticé con la música y la presencia del tatuado novio de Elena. En pocos instantes, y tras recibir una sonrisa cómplice de Raquel que traduje como un «Aguanta un poco, nene, que en breve nos vamos de aquí y te dejo seco», Fran comenzó a hablarme del Málaga Club de Fútbol y lo flojo que veía al equipo para la temporada que acababa de comenzar. «Interesante». A mí, que juego al baloncesto todos los domingos con mis niños en una liga provincial, el fútbol me daba igual, pero me disfracé de entendido e invertí los últimos coletazos del vino y las dos ginebras en aguantar el tirón. Por suerte, no tardó en acercarse una exuberante camarera a saludar cariñosamente a Raquel y nos invitó a la primera ronda. Nuevo brindis a cuatro y, de nuevo, tras el primer trago, las chicas con las chicas y los chicos con los chicos. Con el vodka en la mano, por suerte, me sentí mejor, aunque no paré de lanzar miradas cargadas de deseo a mi chica y a su corto conjunto blanco. Mientras, Fran me hablaba sin cesar. El Málaga me daba igual, el jeque más todavía y él mismo rozaba mi indiferencia: yo solo quería follarme como un loco a Raquel y disfrutar de lo que el destino había colocado en mi vida; colocarla a cuatro sobre la cama, tirar de sus largos cabellos con tanta fuerza que la obligara a mirar al techo y disfrutar con el sonido de mis huevos al estamparse contra su exquisito coño tras cada penetración. Esta vez de nada le iban a valer su carita de niña buena que a todos cautiva, sus miradas de ingenuidad que irradiaban picardía y las súplicas que imploraban paz disfrazadas de un dame guerra: no iba a tener clemencia. Aunque reventara en su interior a los dos minutos de entrar, vaya.

Cuando salí de mi húmeda ensoñación y vi a Raquel —vestida y de pie— charlando con Elena, me di cuenta de que el pobre de Fran estaba preguntándome por segunda o tercera vez algo que no lograba entender. Culpé a la música y arrimé la oreja: no sé qué leches sobre Cristiano Ronaldo y Messi. Tras mi automática respuesta se abrió una intensa charla sobre lo que se esperaba de ellos durante la temporada. Minutos de mi vida a la basura. Al volver a girarme tras haber perdido de vista a las chicas en el espejo que Fran tenía a su espalda, vi cómo Elena —más bien su culazo embutido en aquel ínfimo vestido— seguía a mi novia entre el gentío en dirección a los aseos de chicas. Maldije en voz baja.

Tardaban.

A mi situación de impaciencia se sumaba mi estado de embriaguez, cada vez más evidente, y los nervios que me provocaba pensar que la actitud dicharachera e inquieta de Fran se debiese al consumo de algún tipo de estupefaciente. Yo solo quería irme a fornicar, dejar atrás el trabajo de la semana, las obras del piso, el doloroso ciclo menstrual que nos había fastidiado últimamente y morirme de placer.

Pero tardaban.

Mientras aparecían, y muy a mi pesar, me hice a la música, al vodka que se evaporaba con rapidez y a las últimas novedades del Marca y el As. Un horror. Definitivamente, no aguantaba más, y en cuanto llegase Raquel se lo iba a decir sin tapujos. Secuestrándola si era preciso. El piso que habíamos alquilado un par de meses atrás estaba a diez minutos de allí, en la plaza de Camas, y la podía llevar en brazos o a caballito si fuese necesario.

Pero la noche me deparaba una prueba de paciencia más. En cuanto apareció Elena, me dijo que mi novia estaba saludando a la encargada y que volvía enseguida. Lo que faltaba. Dejé escapar un suspiro de desesperación.

Tras un par de minutos en los que estuve más pendiente de ver aparecer entre la multitud la densa melena de Raquel que de mis interlocutores, decidí ir al baño de chicos, en la otra punta del local, con la esperanza de toparme con ella. Dejé sola a la pareja, que cada vez estaba más acaramelada y ausente, y comencé a pasar entre niños sudorosos y escotes hinchados. Fue tarea ardua atravesar la primera zona de la discoteca, pero me sentí recompensado cuando atisbé a mi morena al otro lado de la barra central. Estaba parloteando de manera animada con una rubia de pelo corto adicta a los solárium que vestía un escotadísimo vestido negro de lentejuelas y piedrecitas. No me dio tiempo a llegar ni la mitad de la barra cuando vi que la rubia, a la que calculé unos cuarenta y cinco años, la agarraba de la muñeca, la arrastraba tras de sí y la subía al reservado tras requerirle a un seguridad que levantara la cadena que daba paso a la escalinata. Puta mierda.

Al llegar al lugar donde habían estado parloteando, me planté junto a la escalera de acceso al reservado e hice guardia. La zona «exclusiva» no era más que una zona de unos cuarenta metros cuadrados elevada un metro sobre el suelo del local y separada de éste por medio de cristales de seguridad, eso sí, menos abarrotada y con cómodos sofás y mesitas en las que fumar en cachimba. Eché un vistazo a través de los cristales y vi a Raquel junto a la encargada rubia-tostada-cuarentona saludando a Tatiana. Aunque las tenía a diez metros y las piernas de la clientela del reservado me entorpecían la visión, esas dos gigantes tetas redondas y recauchutadas eran inconfundibles, máxime cuando echaba el cuerpo hacia delante para hablar con Raquel y las exponía sobre la pequeña barra tras la que trabajaba. Bendita Tatiana. Evité centrar mi entorpecida visión en aquellos melones que parecían querer reventar la camiseta negra de tirantes que las contenían y recé por que la charla no se alargase más de lo debido. Me estaba meando y el trasiego de gente que iba y venía del aseo masculino situado en un oscuro pasillo próximo a la escalera del reservado comenzó a resultarme molesto. El Bad Bunny de los huevos, los empujones y algún pisotón me sacaban de quicio. Pero si hay algo que me saca de quicio sobremanera cuando voy a discotecas son los buitres y sucedáneos animales nocturnos. Como los cuatro maduritos encorbatados de aspecto pijo y arrogante que estaban mirando descaradamente a las tres amigas. Charlaban a viva voz rodeando una mesita baja cargada de vasos y hacían aspavientos bastante significativos e inequívocos sobre mi novia y sus antiguas compañeras, generando en mí no pocas dosis de repugnancia y malestar.

Decidí ignorarlos y volví a fijarme en ellas, especialmente en Raquel. Tenía que ser capaz, pensaba esperanzado, de interpretar algún gesto que me indicara que se iba a despedir ya, que se había acordado de su chico y de lo que la esperaba en casa, placer sin profilácticos y mucha saliva. Pero la charla prosiguió un rato más y el fortachón que controlaba la entrada a la zona vip ya me miraba con suspicacia. Seguramente como al clásico borracho que deambula por las discotecas sin sitio fijo ni amigos de los que rodearse y que acaba ejerciendo de mirón. Si me había planteado pedirle acceso a la misma, decliné en ese momento.

A punto estuve de poner rumbo al aseo para hacer tiempo cuando un rayo de esperanza brilló en el horizonte. Dos tipejos se acercaron a la barra y Tatiana se vio obligada a despedirse de sus dos amigas, que pusieron rumbo sur. Por fin. Dejé escapar un soplo de ansiedad contenida y me dije que todo se había acabado. Pero me volvía a equivocar. No había terminado de expirar todo el aire del suspiro cuando tuve que contener la respiración. Uno de los maduros, pantalón de pinzas, camisa blanca remangada y corbata oscura, se situó detrás de mi novia cuando estaba a punto de enfilar las escaleras y le colocó las manazas sobre la cara, tapándole los ojos. El hombre no medía mucho más que ella y sus tacones, pero tenía tres veces su volumen; cuerpo compacto, rostro cuadriculado y pelo engominado hacia atrás. Raquel se giró sorprendida, pero rápidamente el desconcierto dio paso a la alegría cuando reconoció en él a alguien conocido. Yo, desde luego, no sabía quién era. Mientras se abrazaba efusivamente al maduro pasándole los brazos sobre los hombros, la encargada bajó las escaleras y pasó rozándome la espalda para perderse entre la turba que bailaba y saltaba. Centré de nuevo mi atención en el nuevo personaje y sentí, además de celos, un principio de odio por todos esos hombres que tienen la manía de manosear a las amigas o conocidas, mucho más que un principio si son desconocidas. Pero Raquel no parecía sentirse incómoda, todo lo contrario: tras el abrazo, en el que le había estrujado las tetas contra el pecho, se dejó agarrar de las muñecas y sonrió tímidamente cuando el maduro le dio sendos besos en los dorsos de las manos. Y aún la estaba agarrando de las mismas cuando se le acercó y le dio un dulce beso en la mejilla. Ella sonrió, y más se dilató su sonrisa cuando tras el beso el tipo se arrimó a su oído y le dijo Dios sabe qué.

De nuevo la sensación de incomodidad me invadía y comencé a arrepentirme por no haber puesto más de mi parte para no acudir a la discoteca. Solté la copa vacía sobre una pequeña repisa anclada a una columna que tenía cerca y suspiré impaciente. A esas horas ya podríamos haber estado en pleno primer acto, con las tetas de Raquel hinchadas botando sin control sobre un Gonzalo excitado que estaría luchando por no correrse antes de tiempo. Pero no, Gonzalo estaba hasta las narices de la música latina, de los niñatos y niñatas que se saben las letras de las canciones latinas y de los acaparadores nocturnos. Y para colmo se sentía abandonado por su chica, que le regalaba palabras y sonrisas a uno de esos acaparadores nocturnos por los que humilde narrador tanta antipatía sentía.

A medida que aumentaba mi intranquilidad e impaciencia también lo hacían mis ganas de mear. Pero si había pensado ir al saturado baño de chicos, cambié de idea al ver cómo Raquel era trasladada por el madurito a la esquina de la barra de Tatiana, donde mi visión alcanzaba con dificultad. Entre piernas y el destello de los flashes contemplaba a los dos como si fuesen diapositivas de un blanco centelleante. Se pusieron de cháchara y ella sonreía sin parar de manera natural, sin regalos ni complacencias. Estaban muy pegados, acodados a la barra, Tati atendiendo a los clientes. Algo la había hecho reír más de la cuenta. Echaba su cabeza hacia atrás en una carcajada y su cabellera caía en paralelo a su espalda, luego se la recolocaba con un sensual gesto de cuello y hundía sus dedos en la melena para peinarla. No lo pude ver bien, pero hubiera apostado a que hubo una carantoña del tipo a mi chica, un leve pellizco en su barbilla.

Mi visión se interrumpió totalmente en un segundo. Un grupo de extranjeros subió al reservado y mi contacto visual con mis objetivos se cortó. No tuve más remedio que esperar apoyado sobre la columna que tenía a un lado, tratando de no parecer demasiado fuera de lugar, hasta que al cabo de un rato se despejó de nuevo y me acerqué a la cristalera. La música había cambiado, dando paso los ritmos latinos a la música electrónica; el ambiente se caldeaba. Luces, láseres y flashes nos invadían. Entonces los vi de nuevo al fondo, cercanos, risueños. Unos segundos después, cuando los divisé sin interferencias, un fogonazo en el momento adecuado dejó en mi retina la imagen de ambos mirándose fijamente mientras charlaban; el siguiente, entre varios vaqueros y pantalones chinos ajustados, a ambos compartiendo una carcajada; el tercero, el abrazo que estrechaba el cuerpecito de mi chica en el enorme pecho del desconocido.

La incomodidad era máxima. Ya no solo por ese tío y sus excesivas muestras de cariño, si es que podría llamarse así tal complicidad, sino porque Raquel sabía que yo estaba solo. Bueno, casi solo. Acompañado, sí, pero esperándola. Era consciente de que nos teníamos que ir, era nuestro primer aniversario. Ya tendríamos tiempo de volver y de saludar a quien quisiera. Comencé a irritarme, a impacientarme de verdad, una sensación de frustración brutal. Y sí, a estar celoso de cojones, claro.

Pero si la prueba para saber hasta dónde podían llegar mis miedos ya estaba superando todo lo vivido hasta la fecha, todos mis sentidos se acababan de activar. La alerta naranja se iluminó en el momento en que varias cabezas se giraron hasta donde estaban ambos. Cuando por fin pude encontrar el ángulo, vi que el maduro se había colocado frente a Raquel y la estaba haciendo bailar. Ella se dejaba llevar, preciosa como una muñeca. Era un espectáculo verla mover la cintura con esos pantaloncitos, esas piernas desnudas y esos espectaculares tacones rojos. El maduro la cogió de las manos, levantó uno de sus brazos y con su cadera marcó el ritmo. Tras unos compases en los que me puse cada vez más nervioso, dejaron de ser el centro de atención y aquel anonimato los hizo sentirse más cómodos. Le sostuvo un brazo y la invitó a que girase frente a él. Una, dos y tres veces, pero en el último giro aprovechó para pegarse a su espalda. La agarró de las caderas y la movió. Y no solo con las manos. Pude apreciar cómo le estaba pegando el paquete al culo, provocando que siguiera el ritmo que le imponía. No me cabía duda de que el caballero lo estaba gozando, porque ese pantalón no podía ocultar los glúteos sobre los que con toda seguridad estaba apretando una polla que a bien seguro ya estaba activada. Lo que me sorprendía es que ella se partía de risa y se dejaba llevar, moviendo el cuello y provocando que sus cabellos fuesen de aquí para allá, como sus caderas y piernas, que no dejaba de flexionar.

Estaba sudando. No me había dado cuenta antes, pero un goterón atravesó mi frente y se detuvo al llegar a la punta de mi nariz. Era el local, era la gente y era la situación. Desesperé. Por primera vez se me ocurrió la seria idea de hablar con el chico de seguridad y decirle que estaba buscando a mi novia, que no llevaba pulsera porque no me iba a quedar. Pero pensé en la vergüenza que me iba a entrar al decirle tales palabras después del show que mi chica estaba montando con aquel tío y decidí ser cauto, aunque tal decisión surgiera de mis inseguridades y no de mis ganas de presentarme ante los dos bailarines.

Me sequé el sudor y me desplacé unos metros para no seguir levantando las sospechas del vigilante. En el lugar adecuado, en la oscuridad de la zona en la que se ubicaba la entrada al pasillo de los aseos, seguí observando a través del cristal en que daba inicio la zona vip. Ahora había más gente bailando allí encima. Se habían vuelto a colocar frente a frente, él la sujetaba con el antebrazo y la movía lentamente. Debían llevar tres o cuatro minutos de coreografía improvisada y no parecían aburrirse. Percibí cómo una de las piernas del maromo se había colado entre las de mi chica, pero una parte de mi mente se negó a creer lo que estaba viendo, como el que niega una evidencia que le hace daño aunque sea de una certeza absoluta. Por tanto, tampoco quise valorar la posibilidad de que el muslo de aquel tipo pudiera estar frotándose contra la entrepierna de Raquel. Sonreían y hablaban, e incluso en un par de momentos él se acercó sin oposición y le dijo algo al oído. Fuese lo que fuese lo que le decía, provocaba que ella sonriera y sus pómulos se marcaran sobre la blanca sonrisa que solo puede ofrecer quien ha pasado parte de su infancia con una ortodoncia. El peor momento sobrevino cuando mi novia le echó los brazos alrededor del cuello y él comenzó a acariciarle la espalda. El tipo aprovechó la posición y hundió su cabeza engominada entre el hombro y la cabeza de mi chica. Parecían estar hablando, susurrándose cosas, intimando. Tras un instante tenso, se despegaron. Él bajó las manos a su cintura y ella colocó las suyas en sus brazos. Era Raquel la que le hablaba ahora, totalmente ajena al vaivén de las enormes manos que acariciaban el lateral de su cuerpo y ya se habían colado entre el pantalón y el top.

No comprendía lo que estaba pasando. No sé por qué lo que debería haber sido una conversación de reencuentro estaba resultando ser un cúmulo de cariñitos, abrazos y magreos. En mi estado de ofuscación era incapaz de adivinar la relación que los unía, y de nuevo sentí cómo hachazos de un pasado que ni me había molestado en conocer me golpeaban el estómago. Aunque, claro, de haber conocido la existencia previa de aquel tipo tampoco cabía justificación para aquel comportamiento entre ambos. No se me iba a ver a mí así de cariñoso con antiguas compañeras de universidad o trabajo jamás. La incertidumbre me corroía, mis miedos me devoraban.

Fuera quien fuese aquel «señor», no iba a tardar mucho en saberlo, pues iba a ser lo primero que le iba a preguntar a Raquel en cuanto bajase. Mis ganas de follar habían disminuido drásticamente y habían sido sustituidas por una rayada monumental. Para colmo, me meaba bastante y los pies me dolían.

Se separaron por fin. Raquel se giró hacía la barra y sacó el teléfono del bolso. El tío, impune, dio un par de pasos y se posicionó detrás de ella, la abrazó por la cintura con ganas y colocó su cabeza junto a la suya. Ambos miraban la pantalla que iluminaba sus rostros. Mientras mi novia tecleaba algo, el maduro se dirigió a Tatiana y le soltó algunas palabras, a lo que la tetona respondió con gestos afirmativos.

Me vibró el móvil en ese momento. Lo saqué por instinto. Era ella:

«Voy a tomarme un chupito con mi exjefe y Tati y ya voy para allá. No desesperes, nene, jiji, muak!».


¡Vaya, se había acordado de mí! ¡Existía! ¡Estaba presente en sus pensamientos! No era mucho, pero algo era algo. Además, ya podía ponerle etiqueta al maromo cuarentón que la sobaba: exjefe. No le contesté. No tenía nada que decirle y prefería seguir al tanto de los acontecimientos en directo, sin interferir.

Tatiana se acercó y dejó una bandejita metálica con vasitos sobre la barra, momento en que él se separó del cuerpo de Raquel y se acopló a su lado, brazo con brazo, acodándose de nuevo al mostrador. Pero Tatiana, que supuestamente iba a beber con ellos, se marchó y siguió a lo suyo, alegre y servicial. El primer chupito se lo tomaron los dos solos tras intercambiar unas cuantas palabras y hacer un brindis. Ambos aguantaban el tipo. El segundo se lo tomaron inmediatamente después, también solos y tras un chinchín, pero esta vez mi novia hizo una mueca de asco y gesticuló con una mano, abanicando el aire. Desde luego que o no le había gustado nada o estaba demasiado fuerte. O las dos cosas. Al exjefe le debió parecer gracioso, porque se partía de risa y le sirvió de pretexto para darle otro cariñoso abrazo. Automáticamente ella pasó sus brazos por debajo de los suyos y se acopló a su pecho, donde enterró su cara. No lo atisbé con claridad por culpa de la postura —o quizás mi cerebro, para protegerme, no lo procesó con nitidez—, pero me pareció ver que el personaje besaba la cabeza de Raquel en repetidas ocasiones. Como he dicho antes, odio a los tiparracos así de babosos. Y poco o menos me gustaba el excesivo afectivo que Raquel tenía por él y la permisibilidad con que le obsequiaba.

Cuando se separaron, mi chica todavía se estaba pasando la muñeca por la boca para quitarse los restos del último chupito. Pero, para su sorpresa, Tatiana apareció con otros dos. Raquel se rio y le dijo que no, el ademán era evidente. Pero ante la insistencia del maduro acabó accediendo con cara de pena. Se colocaron frente a frente, cruzaron sus brazos a la altura de los codos y de un trago se tomaron el contenido del vasito. De nuevo Raquel puso cara de asco, sacando la lengua y arrugando la cara, y pensé que aun así estaba preciosa. Después volvió a reír y, cómo no, se dieron otro abrazo, este más lánguido que los anteriores. No se separaron, y el antiguo jefe aprovechó para manosear la parte baja de su espalda y hablarle al oído. Se apretaron durante unos instantes, separaron sus torsos y se desafiaron con la mirada. Hubo un breve intercambio de palabras a una distancia peligrosa. Fuera lo que fuese lo que le dijo, ella movió la cabeza, sus cabellos ligeramente despeinados, y leí en sus labios un indudable sí.

Raquel caminaba delante, sexy, decidida, marcando tacón; él arrancó después sin perder detalle del movimiento de su culo. Solo volteó la vista para guiñarle el ojo a uno de sus amigas y sonreír de soslayo. Era demasiado descarado. Venían hacía afuera. No supe qué hacer entonces, y me tomé consciencia por primera vez de que llevaba un cuarto de hora espiando a mi pareja. A todas luces parecía un maniaco borracho que ya debía estar enfilado por la seguridad del local. Y una extraña sensación de vergüenza me invadió de repente, una culpa que se me descubriría con mirarme a los ojos. Cuando estaban a punto de llegar al tumulto que se había formado en las escaleras del reservado, me escabullí hacia el oscuro pasillo, dejé a la izquierda el baño de minusválidos y me encaminé hacia la segunda portezuela, donde otro fornido enchaquetado controlaba el acceso al aseo de caballeros. Asintió al verme y con una educada reverencia me invitó a pasar. El corazón me latía con fuerza. Había tres o cuatro muchachos, tajados y posiblemente drogados. Yo esperé para acceder a unos de los cubículos con váter, y en cuanto se quedó libre el primero me colé dentro. Me bajé la cremallera y me saqué la polla, que comenzó a evacuar con ganas. ¿Adónde narices llevaba aquel tío a Raquel?

Pensé, entre el alcohol, el calor y las circunstancias, que mi rechazo frontal a entrar al local estaba ya más que justificado, como la existencia de mis miedos, pero que a su vez me había servido para abrir los ojos a todo eso que no había querido saber desde que conocí a Raquel. Me replanteé ahora toda esa historia de no interesarme por el pasado de tu pareja, sus amistades, sus exnovios, qué ha hecho o dejado de hacer, el buen rollo que aún mantiene con entes de su ayer. Pero ¿en qué hubiese cambiado realmente saber que aquel tío era su exjefe? Fuese cual fuese el vínculo entre ella y él, no me había parecido coherente esa actitud tan cercana. Incluso desenfadada. Incluso de receptividad, no tenía por qué engañarme. Joder, ¿habían estado tonteando de verdad o es que el mismo cariño que Raquel profesa a sus amigas lo mantiene con sus amigos? Todo lo que había visto, cavilé mientras trataba de no mear fuera de la taza del váter, quizás no había sido más que eso: el fruto de un cariño nacido tras cientos de horas de duro trabajo, ¿no? Me había llamado la atención aquella familiaridad, simplemente, porque en un año había eliminado de nuestras charlas todo ente masculino que había pululado por su vida, pero no hablar de ello no iba a hacer que desapareciese nada de lo que hubiera vivido. Supongo que la tranquilidad de su estilo de vida había provocado en mi una relajación alejada de focos de inseguridad. La mayoría de sus amistades eran chicas, trabajaba en una oficina rodeada de chicas, iba a un gimnasio de chicas, solo quedaba con chicas. Chicas por todas partes, con la paz que eso da a veces, especialmente si eres algo inseguro y tienes miedo de perder la joya con la que te ha bendecido el destino. Pero entonces se me vinieron otra vez a la cabeza esas miradas tensas e intensas, esas sonrisas incómodas y ese baile pegado, y no me quise imaginar que la confianza que tuviera con amigos del pasado pudiera otorgar derechos tan exclusivos. Estaba quemado e inquieto, extremos que se magnificaban con la borrachera. Quería respuestas de primera mano, no elucubraciones que justificaran ciertos comportamientos que no hubiera permitido de saber que ese tío era así de ligero con sus antiguas empleadas. La charla iba a ser obligatoria e inmediata, necesitaba acabar con esos pensamientos que iban y venían, y si había que destapar la caja de los truenos, la destaparía.

Tiré de la cisterna, meado y bien rayado, y salí del cubículo. Un guiri alto y pelirrojo con mal aspecto aguardaba impaciente al otro lado del retrete y comenzó a entrar antes de que yo hubiera salido, por lo que le empujé para dentro con malas formas y cerré la puerta tras de mí de un golpe. Qué le den. Me fui al lavabo, me eché jabón de manos con cuidado de que fuese jabón —nunca me fío— y comencé a lavarme. Me miré al espejo y contemplé mis ojeras y el cansancio acumulado tras mi mirada. Demasiado madrugón, demasiado trabajo, demasiado pintar la casa. Necesitábamos unas vacaciones, y en cuanto llegara agosto iba a coger a mi novia y me la iba a llevar a...

No había terminado de pensar destino cuando vi reflejada en el espejo, sobre mi hombro izquierdo, la figura sonriente del muchacho que vigilaba el baño. Todo ocurrió en un segundo que pareció transcurrir a cámara lenta: se echó a un lado y distinguí el perfil del exjefe de Raquel pasando a su lado en dirección a la puerta que estaba al final del pasillo. Tras él, agarrada de su mano, iba mi novia, risueña y coqueta, con aspecto de modelo, echándose el pelo tras la oreja. El muchacho se colocó de nuevo en su posición de perro guardián justo cuando escuché la puerta cerrarse a sus espaldas.

Alerta roja.
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Antiguo 07-oct-2018, 22:41   #3
josem4x
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Predeterminado huele a cuernos

me parece que te la van a pegar con queso colega
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Antiguo 07-oct-2018, 22:56   #4
victorgol
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Predeterminado

Va genial! Muy bien escrito, por cierto.
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Antiguo 08-oct-2018, 00:49   #5
Lgbcn
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Predeterminado gracias

Mantienes muy bien la tensión sexual del momento. Me gusta, y estoy a la expectativa de leer mas. Gracias y un saludo
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Antiguo 08-oct-2018, 14:34   #6
fedemisiones
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Predeterminado

Cita:
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Introducción. Parte 2.



No había terminado de pensar destino cuando vi reflejada en el espejo, sobre mi hombro izquierdo, la figura sonriente del muchacho que vigilaba el baño. Todo ocurrió en un segundo que pareció transcurrir a cámara lenta: se echó a un lado y distinguí el perfil del exjefe de Raquel pasando a su lado en dirección a la puerta que estaba al final del pasillo. Tras él, agarrada de su mano, iba mi novia, risueña y coqueta, con aspecto de modelo, echándose el pelo tras la oreja. El muchacho se colocó de nuevo en su posición de perro guardián justo cuando escuché la puerta cerrarse a sus espaldas.

Alerta roja.
amigo , a lo mejor debieras saber mas del pasado de tu novia asi no te toma de sorpresa toda esta situacion.
de todos modos se comporta hacia ti sin importarle mucho lo que creas.
el relato excelente y vibrante de morbo, felicitaciones y qque por favor no demore mucho la continuacion .
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Antiguo 08-oct-2018, 17:20   #7
Sigrid
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Joder, joder... me ha resultado increíblemente excitante, tremendamente morboso sin llegar a haber nada de sexo. Me ha encantado, de verdad.

Un beso.- Cristina
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Antiguo 08-oct-2018, 18:43   #8
richard84
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En primer lugar quiero darte la enhorabuena por este relato, está muy interesante y promete mucho morbo, pero creo que tu novia te tiene totalmente controlado y va hacer lo que le de la gana sin consultarlo contigo, mejo dicho, creo que ya lo está haciendo.

Si el día de vuestro aniversario te lleva a un local que tú no quieres ir y te deja solo, mientras ella se va con otro que tú ni siquiera conoces, ya me dirás qué se puede esperar de ella.

Solo deseo que intentes imponerte y que tu novia entienda que una pareja se compone siempre de dos, aunque dudo que lo consigas.

Espero ansioso la continuación, un saludo.
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Antiguo 08-oct-2018, 23:38   #9
Desordenado
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Predeterminado

Introducción. Parte 3.


Me quedé aturdido, sin aliento, el corazón desbocado. Una parte de mí deseaba salir del baño, ir con Elena y Fran y encontrarme allí con Raquel, encantada de presentarme a su antiguo jefe. La realidad era bien diferente: mi novia dejándose llevar hasta el punto de aceptar una propuesta para alejarse de los focos y las miradas. ¿Dónde leches se habían metido?, me preguntaba. No sabía realmente qué había más allá de esa puerta, pero resultaba obvio que la pegatina de PRIVADO que había visto antes de entrar al aseo indicaba que era parte de la discoteca a la que solo los trabajadores podían acceder. Las piernas comenzaron a temblarme y tragué saliva. El espejo me devolvió mi tez diez tonos más clara y un ardor se instaló en mi estómago.

Salí del baño forzando la reacción de mis piernas, obligándolas a moverse. Me quedé en el umbral mirando la puerta que había tras el gigantón que me miraba con curiosidad:


PRIVADO
Solo personal autorizado


Había estado varias veces en la discoteca Atrium, pero nunca había prestado atención a esa puerta en concreto. ¿A dónde se supone que conducía y por qué...?

—O entra o sale, caballero —me espetó el muchacho, sacándome de mi ensimismamiento. No hubo mal tono ni voz autoritaria, pero me sentó como una cuchillada más entre tanto desconcierto.

—Salgo —acerté a responder como un autónoma, la mirada perdida sobre su hombro antes de cambiar de dirección.

Avancé a través del pasillo y me planté frente a la puerta de acceso VIP por la que habíamos entrado a la discoteca. A mi alrededor el mundo seguía su curso, la gente se divertía y bailaba al son de la música. Los más afortunados, ligaban. Estaba seguro de que más de uno —y más de una— acabaría la velada en coche o casa ajena, chillando de placer, disfrutando del cuerpo de alguien cuya existencia era totalmente desconocida unas horas antes. Mi presencia estática entre aquel gentío simbolizaba todo lo contrario a la diversión y las ansias de carne fresca. Miles de interrogantes me volvieron a asaltar en el momento que giré la cabeza y me quedé con la vista absorta en el maromo y la puerta que protegía.

La confusión en ese momento era máxima, la sensación de soledad y abandono no recordaba haberla vivido nunca. Un vacío enorme y una impotencia brutal. Pero ¿qué debía hacer? ¿Decirle al seguridad que la chica que se había colado tras la puerta junto a su jefe era mi novia y que reclamaba su presencia ante mí? Estaba borracho y estupefacto, atolondrado por el varapalo aquel. Pero no tonto. Lo único que se me ocurría, más allá de esperar a que salieran, era llamarla, hacer acto de presencia virtual, provocar que el otro tipejo supiera que tenía novio y la esperaba, ¡hacer que ella misma lo supiera! Así que saqué el teléfono y la llamé sin importarme el ensordecedor volumen de la música. Estaba atacado. Me llevé el móvil al oído pero no lograba escuchar nada. Aun así, la llamada se cortó por sí misma sin haber descolgado Raquel su iPhone. Pocos segundos después, un mensaje:

«Nene, voy a echarme un cigarrito con Rafa y voy para allá, muak!»

¿Un cigarro? Cierto es que Raquel y yo somos fumadores sociales y nos gusta un cigarrito cuando bebemos por ahí, pero durante toda la noche habíamos evitado mencionar el tabaco, ese vicio que tan mal aliento nos deja y que impregna la ropa limpia con su acre olor. ¿Por qué se habría decidido a echarse humo a los pulmones después de aguantar toda la noche? No las tenía todas conmigo.

Me asomé al ventanuco de la entrada VIP y vi a través de la segunda puerta de seguridad el oscuro callejón. Quizás habían salido a fumar por otra salida que yo desconocía. Me decidí a echar un vistazo afuera para descartar una opción muy poco probable, cuando escuché un enorme jaleo a mis espaldas. Me volteé y vi al vigilante de la escalera del reservado correr hacia el pasillo de los baños; después fue el chico negro el que apareció en escena hacia la misma dirección; un instante después, Damián, el portero que me había presentado mi novia al llegar, entraba en la discoteca por la puerta que yo estaba a punto de cruzar.

Tras unos momentos de desconcierto, en los que no me enteré de lo que ocurría, la trifulca apareció ante mis ojos: los cuatro porteros sacaban a empujones y manotazos al guiri con el que había tenido el encontronazo en el baño. El muchacho, alto y delgado, lanzaba golpes a diestro y siniestro sin demasiada puntería, mientras que los enchaquetados lo reducían como podían, tirándolo al suelo y arrastrándolo. Pobre desgraciado. Me aparté cuando pasaban por mi lado y vi en el semblante del extranjero lo que debían ser los efectos de algún tipo de droga (muy) alucinógena. Tras un montón de gritos e improperios, y ante la expectación de parte del público allí congregado, lo acabaron sacando de la discoteca, donde debió continuar con el espectáculo un rato más.

Entonces, aprovechando la confusión, un pensamiento fugaz me atravesó los sesos. Una completa locura impropia de un abogado, sí, pero perfectamente apta para alguien con una pea enorme en lo alto y su juicio velado por el secuestro de su novia en extrañas circunstancias —me negaba a aceptar que se hubiera perdido con aquel buitre por voluntad propia—. Enfilé mis pasos hacia el pasillo, aparté a varios testigos de la pelea que chismorreaban entre sí, dejé a un lado el baño de minusválidos y, asegurándome de que nadie me observaba desde el aseo de caballeros, empujé la puerta metálica deslizándome tras ella con una agilidad impropia de alguien en mi estado.

Cerré la puerta con sigilo, rezando por no haber sido descubierto. Ante mí surgió un lúgubre pasillo iluminado tenuemente por un fluorescente que tiritaba en el techo. El estrecho corredor tenía un aspecto descuidado y sucio. A ambos lados podía ver escobas, fregonas, un cubo de basura, botes de pintura y otras porquerías que a saber cuánto tiempo llevarían ahí. La música quedaba amortiguada en cierta medida por la puerta estanca, pero los graves de los altavoces atravesaban los muros y todo vibraba a mi alrededor al ritmo del lejano pum-pum que de todo se adueñaba. Incluso así podía sentir los latidos de mi corazón. Caminé vacilante hasta adivinar un par de puertas a ambos lados del corredor, justo donde este acababa. La de la derecha estaba entreabierta y solo se atisbaba oscuridad en su interior; en la de la izquierda, cerrada, un respiradero en la parte inferior arrojaba haces de luz blanca procedente del interior. Debían estar ahí, sin duda. Y entonces me sentí estúpido. ¿Qué iba a hacer? ¿Abrir la puerta y aparecer como un idiota? «¡Hola! ¿A que está buena mi novia? ¡Es un bombón, no la desaproveches, que hay muchos pretendientes deseando hincarle el diente y tú ya la tienes en tu huerto!». No, ridículo. Además, el miedo me impediría tomar la decisión. Imaginar a Raquel con aquel tipo en ese escondrijo o lo que quiera que fuese no podía significar nada bueno. La realidad podría destrozarme, parte de su pasado devorando nuestro presente, su verdadera y secreta personalidad expuesta. Pero si mi indecisión me estaba consumiendo más que estar en un lugar prohibido, ruidos y voces detrás de mí me obligaron a tomar una determinación. Me colé en la habitación de la derecha y cerré despacio para no ser escuchado ni descubierto en caso de que el gigantón de los aseos echase un vistazo al interior de la zona que custodiaba. Y entonces, al borde de un ataque de nervios, pensé: «Vale, ¿y ahora qué?». Sin saberlo, iba a encontrar la respuesta enseguida.

Saqué el móvil e iluminé la estancia con la propia pantalla. Mi mano temblaba y evité pensar en lo alta que debía tener la tensión. Cuando mis ojos se adaptaron a la escasa claridad que emitía el teléfono, me di cuenta de que aquello no era más que un cuartillo de dos por dos metros, una puerca estancia que algún día debió ser una cocina auxiliar o un office. Más fregonas, cubos y útiles de limpieza en la parte derecha, junto a unos anaqueles metálicos con aspecto herrumbroso; al fondo, un par de lavaplatos oxidados, una pileta, cajas vacías de suministro de bebidas y una pared en la que los azulejos hacía años que perdieron su resplandor. A mi izquierda, una mesa sucia llena de polvo, archivadores AZ, útiles de oficina y papeles y facturas de hacía por lo menos diez ejercicios fiscales. Nada interesante, excepto la abertura que había en el tabique al que estaba arrimada la mesa, un espacio rectangular de no más de cuarenta por treinta centímetros. Estaba oculta por una chapa metálica perforada por cuyos huecos entraba la luz que procedía de la habitación de enfrente. Supuse que debió ser un portillo para traspasar material de una estancia a otra, la portezuela de un montacargas o un ventanuco que por motivos que ignoraba había sido tapado con aquella lámina de metal con forma de colador. Estaba totalmente fuera de mí, ebrio y asustado por la barbaridad que estaba cometiendo en una noche que debía tener otro final. Apagué la pantalla del Huawei, me acodé a la mesa y con un incontrolable tembleque eché un vistazo a través de los agujeros.

Y entonces los vi.
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Antiguo 08-oct-2018, 23:54   #10
Sigrid
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Mensajes: 262
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Predeterminado

Sigo tremendamente emocionada y excitada por las sensaciones que transcribes.

Muchas gracias y un beso.- Cristina
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Antiguo 09-oct-2018, 00:01   #11
fedemisiones
Pajillero
 
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Predeterminado excelente relato

Cita:
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Introducción. Parte 3.


Y entonces los vi.
Ahora si que quede mas apurado para saber que vistes, pero asumo que no debe ser nada bueno para ti.
Deseo pronto saber que vistes porque estoy muy preocupado aunque pienso en lo que debe estar fumando ella o al menos lo que tenga en la boca

con relacion al relato excelente
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Antiguo 09-oct-2018, 00:19   #12
MaxiCum
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Predeterminado

Menudo “cliffhanger” xD

No nos dejes así muchas horas!!
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Antiguo 09-oct-2018, 01:03   #13
victorgol
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Predeterminado Mola mucho

Echaba de menos la sensación de entrar al foro deseando que un tema estuviera arriba para leer los siguientes capítulos, gracias por esta maravilla!

PD. Me quedo como Maxicum, esto no se hace
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Antiguo 09-oct-2018, 07:48   #14
viciosinfin1973
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Predeterminado

Hola Desordenado

Que gran comienzo de relato el tuyo.

He podido ir sintiendo tus emociones, desde el pesar de perder el sexo al principio de la noche con tu novia,al malestar por estar en esa discoteca donde te ves fuera de sitio, a la impaciencia mientras estas con Fran, pasando por el nerviosismo al ver su comportamiento con su exjefe y directamente al desasosiego que tienes ahora en el privado.

Uff, es que me he agobiado y todo

Me imagino que se habrán metido al reservado a meterse algo ilegal (al menos el exjefe de tu novia) , porque ya a follar sería un exceso.

De cualquier manera, ya le vale a tu novia.
Me parece que deja bastante que desear que te deje tirado y se pire así.
Y más en tu aniversario.


Por favor, continua cuando puedas que nos tienes en ascuas...
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Antiguo 09-oct-2018, 09:39   #15
juan1111
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Predeterminado

Buenos días a Desordenado y demás compañeros.
Ante de nada felicitarte por el relato y lo bien que transmites la angustia y los morbos,no es nada fácil...a seguir y enhorabuena.
Respecto a mi opinión personal...nada más de lo anteriormente comentado por Richard 84 y viciosinfin.por que te pinta bastante mal...o bien,ya lo veremos.
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Antiguo 09-oct-2018, 10:16   #16
allceus
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Gracias 142 Veces en 53 Posts
Predeterminado Excelente

En mi opinión, un excelente relato. Me encanta y espero poder seguir la continuación con el mismo interés que me ha despertado hasta ahora. Gracias.
__________________
Búscame aquí, me encantará recibirte.

http://pajilleros.com/showthread.php?t=28376
______________________________

Léeme aquí:

http://www.pajilleros.com/relatos-ex...y-cornudo.html
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Antiguo 09-oct-2018, 15:56   #17
Desordenado
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Gracias 486 Veces en 29 Posts
Predeterminado

Introducción. Parte 4.


El corazón me dio un nuevo vuelco. Mi posición me otorgaba una panorámica de todo el interior de la sala contigua. La habitación era más alargada que la que me daba cobijo, de dos metros de ancho desde mi observatorio y unos cuatro o cinco de fondo. Y también tenía el aspecto de haber sido una cocina o un office antes que un almacén. La pared de la izquierda estaba presidida por larguísimas estanterías llenas de porquerías —botellas viejas, cajas, botes de espray, productos de publicidad, un casco de moto polvoriento, cubiteras...—, al fondo dormía una enorme y vieja nevera sobre la que había más porquerías mugrientas y a la derecha descansaba una mesa metálica de no demasiada profundidad flanqueada por algunos frigoríficos y expositores de bebida vacíos.

Raquel estaba sentada en la mesa, sobre el peso de su culo y sus muslos. Bajo estos, un trapo impedía que se manchara el pantalón de polvo u óxido. Tenía las piernas ligeramente abiertas, los pies enfundados en sus tacones rojos colgando a escasos centímetros del suelo y los brazos cruzados, como si tuviera frío. Observaba a su exjefe, que estaba al fondo buscando algo en uno de los cajones de una mesita. Me alegré de que conservara toda la ropa y aquel tipo no estuviera atosigándola.

—Aquí está, joder, sabía yo que había uno... —afirmó el encargado o dueño, qué más daba, con una voz grave que reverberó entre las cuatro paredes. Pude ver en su mano un encendedor y en su rostro una sonrisa de satisfacción, aunque no sabía si era debida al hecho de haber encontrado el mechero o por tener a la posible presa ya en su guarida. De lo que no me cabía duda era de que ya había tenido tiempo para darse un homenaje, seguramente en presencia de mi novia antes de que yo apareciese. Inspiró fuerte por la nariz un par de veces mientras caminaba y se frotó la nariz con el índice en un gesto nervioso.

Se acercó a Raquel, se colocó frente a ella y le ofreció fuego. Ella agachó la cabeza, se llevó el cigarrillo que tenía oculto en la palma de la mano a la boca y le dio una calada profunda. Luego él hizo lo propio. El humo que expulsaron se elevó hasta el tubo fluorescente que iluminaba el almacén y se difuminó en el techo. Ver los labios rojos de Raquel exhalar el tabaco me pareció tremendamente sexy y sentí rabia por verla con aquella actitud tan permisiva, en aquel lugar... y con ese asqueroso, embaucador y drogadicto al lado.

—Llevaba dos semanas sin fumar y ya me lo pedía el cuerpo —dijo Raquel expulsando el humo de su segunda calada a través la «o» que dibujó su boca.

Una gota de sudor me recorrió de nuevo la frente y cayó sobre la mesa. Tenía la espalda helada y la mandíbula petrificada, los músculos entumecidos.

—Te lo repito: tienes que salir más a menudo, bonita; y hacerle caso siempre a lo que el cuerpo te pida en cada momento. ¿Bailar? Bailar... ¿Fumar? Fumar... ¿Cualquier otra cosa?... Para algo estamos los amigos, que la vida pasa volando —contestó él intentando hacerse el gracioso. Ella le miró con una sonrisa indescifrable en los labios, los ojos esmeralda brillando.

—Ahora que llega el verano haré alguna escapadita por el centro—prosiguió, esquiva—. En vacaciones, quizás. Lo estaba hablando con Tati hace un ratito, fíjate tú. Tenemos muchas ganas de salir juntas, y es posible que sea más pronto que tarde... —contestó de manera diplomática sin poder ocultar un moderado deje de embriaguez en su voz. Volvió a darle otra calada al cigarro al tiempo que balanceaba las piernas distraída.

—Suena interesante. Vendrás a verme cuando salgáis, ¿no? Y me refiero a verme, no a que coincidamos de casualidad en mi local y encima trates de evitarme... —Rafa desprendía seguridad. Hablaba rápido y miraba a la cara. Un tío acostumbrado al tonteo, a la galantería de pacotilla, reflexioné con desprecio.

Raquel empezó a reírse y él se aproximó un poco más a su cuerpo. Aprovechó la escasa distancia para colocar el puño cerrado de su mano izquierda sobre la rodilla derecha de mi novia, cuyas piernas desnudas seguían columpiándose suavemente, dando la sensación de que iban a desprendérsele los tacones de un momento a otro.

—¡No me quería escaquear! No te había visto, de verdad, Rafa, si no te hubiera sorprendido yo a ti. ¡Las cosas que dices! —De nuevo el tono en que hablaba dejaba claro que había bebido más de la cuenta. Eso sí, estaba siendo sincera, como siempre. Era una de sus grandes virtudes. O defectos, según se mire.

—No sé yo, no sé yo. Ya no te caigo tan bien como antes, lo sé... —Se miraron unos segundos sin decir nada, quizás midiéndose las intenciones, hasta que volvió a hablar—. ¿Qué he hecho para merecer tu desprecio, bella flor? —Su fingida entonación poética no daba pena alguna, desde luego, más bien vergüenza ajena, pero tras el rato de coqueteo que llevaban era lo que tocaba ahora, entre humo de tabaco y alientos alcoholizados. Como el mío tras los agujeros por los que espiaba con el corazón como si acabase de correr una maratón.

—Tonterías las justas, y lo sabes... Decirme eso a mí, con el aprecio que te tengo, abuelete... —contestó Raquel antes de lanzar a una carcajada maléfica.

De nuevo compartieron risas, más forzadas que sinceras, pero bienintencionadas. El vientre de Raquel adquiriendo la firmeza de una risa sincera; los pechos, sus dos perfectas peras, temblando sobre el escote. Demasiada complicidad, joder.

—¡La madre que te parió! Ven para acá, pequeñaja, que tu abuelete te ha echado mucho de menos...

Rafa se pegó a la mesa y obligó a mi novia a abrir más las piernas para recibirle. Se inclinó levemente y rodeó con sus brazos a Raquel, que colocó sus manos sobre los hombros del acaparador, con el cigarro apuntando al techo para no quemarle. Aunque se lo mereciera. Entonces comenzó a arrullarla, a lanzar palabras cariñosas que no era capaz de escuchar y que con total seguridad continuarían con la tónica engatusadora con la que la había logrado traer hasta aquí.

—Qué tontito estás, al final voy a pensar de verdad que tenías mil ganas de verme y todo... —musitó Raquel al oído del sobador, casi ronroneando. Había una inflexión en su voz que me hería el pecho como si me lo estuvieran marcando a navajazos.

—Pues claro, ¿para qué te iba a decir lo contrario, so mierda? Te lo he dicho antes, para mí siempre has sido especial, mi favorita. Nuestros chupitos al llegar, nuestros bailes sobre la barra, nuestras confidencias... Cómo no te voy a echar de menos, enana... —se calló un instante mientras permanecían abrazados—. Por cierto, ¿sabes que hueles genial? —preguntó retóricamente tras unos segundos de olisqueo que reavivaron los colores de Raquel—. Aunque este no es el perfume que usabas antes...

Mi novia dibujó una media sonrisa, quizás por el piropo, quizás por el detalle de recordar su perfume. Muchas chicas valoran esos gestos que las hacen sentir tan especiales, esa sensación de que han dejado huella. Y mi novia era de las agradecidas.

—Tú también la has cambiado, ¿eh? ¡Ahora te echas Bleu! —Lo afirmó con desparpajo y él dejó escapar una carcajada que me pareció forzada, provocando que en su barbilla se marcara un profundo hoyuelo bajo un manto entrecano de tres días. Esa colonia se la conocía bien, por lo que era probable que hubiera captado el aroma un buen rato antes. Era mi perfume preferido de Chanel para hombre.

—Has acertado a la primera, capulla. Y la tuya es... No me digas nada, a ver si acierto. Espera... —dijo con la lengua espesa.

Se soltaron y se dieron espacio, aunque fuese por un tiempo breve. Raquel llevó sus manos al canto de la mesa, arqueó la espalda y levantó sutilmente la mandíbula, dejando que sus cabellos se desparramaran sobre sus hombros y espalda. En esa pose su aspecto era brutalmente sexy, y no logré recordar el último momento en que había adoptado una actitud tan seductora conmigo. Rafa llevó sus manos a su cinturita, arrimó su entrepierna a la suya hasta casi hacerlas rozar y se acercó al cuello expuesto que le ofrecía ella. Me di cuenta entonces, por la inexistente diferencia de altura entre ambos, de que yo debía sacarle por lo menos una cabeza a aquel fanfarrón. Tras un instante de olisqueo en el que no disimuló indiscretas miradas a su pronunciado escote, dictó sentencia:

—Me recuerda a la de Versace, pero no... Quizás la última de Vera Wang... —Mientras descartaba perfumes, surcaba su cuello con la punta de la nariz—. Aunque es posible que Issey Miyake... No, no, espera, qué tontería... —Raquel aguantaba la postura y la sonrisa, él la seguía poniendo a prueba... y yo no daba crédito a la escena—. ¡Carolina Herrera!, ¿verdad? ¡Dime que sí!

—¡Sí! ¡Cabrón, te las conoces todas! —La hizo reír de nuevo—. ¡Tienes que estar harto de oler colonias y perfumes! ¡Qué puesto está el tío, oye! —Esas palabras sonaron a piropo, lo que me jodió sobremanera, a pesar de que no podía estar más jodido ni petrificado. Raquel comenzó a aplaudir y reír como una niña chica frente al tío que se la comía con los ojos. Rafa, risueño, se separó unos centímetros dejando que sus nudillos acariciaran en sentido descendente los muslos de Raquel.

—Bah, no ha sido nada... —respondió él con un gesto de muñeca y un deje de falsa modestia insultante—, solo suerte... —Y le regaló un guiño con el ojo derecho que hizo florecer una ristra de marcas de expresión sobre el pómulo. Otra calada.

—¿Suerte? ¡Pero si ni yo misma sé cómo huele la última de Vera Wang! —Teniendo en cuenta que Raquel era una fashion victim, tal extremo tenía mérito. Gesticulaba con la mano con la que agarraba el cigarro—. Qué va, qué va, algo me dice que a ti te gusta mucho el olfateo, ¿eh?... —añadió sacándole la punta de la lengua.

—Anda, por favor, no seas celosilla. No sabría identificar más de diez o doce perfumes, lo que pasa es que tu amiga Carolina está muy de moda en estas fechas, ¿sabes?... —explicó dándole una calada a su exiguo cigarrillo.

—¡Espera, espera, Carolino! ¡¿Celosa yo?! ¿Y eso por qué...? —la pregunta escondía un deje juguetón. Era evidente que lo había tentado con lo del olfateo. Le dio una chupada a su cigarro, que también era casi todo filtro, y le miró fijamente con la boca entreabierta y la cabeza gacha, haciéndose la sorprendida.

—No sé, ¿quizás por lo que acabas de decir de mi habilidad para no sé qué de olisquear perfumes femeninos?... —Su voz sonó más grave e irónica.

—Y es verdad lo que digo, jolín, y no solo por los que has nombrado, ¿eh?... A ver... —Hizo una pausa—. Aunque no lo sepas, todavía me llegan rumores de aquí dentro, ¿sabes? Tampoco es malo oler más o menos perfumes, ¿no? Mientras no tengas uno fijo y andes catando otros, claro... —Tardé unos segundos en pillar el símil, pero lo capté. Y me jodió, claro. ¿No le era suficiente con mi perfume o qué?

Él demoró la contestación unos instantes, permitiendo que sus ojos rojizos la desnudaran con la mirada. Se volvió a arrimar a ella y empezó a olfatear de nuevo su cuello como si fuese un perro olisqueando a una perrita en celo. Encontró el camino despejado ante mi atónica mirada.

—Ya sabes que no me ato a ningún perfume, y menos si sé que Carolina Herrera va a venir a verme... —Raquel lo estudiaba con atención, expectante, con los pesados párpados superiores tratando de vencer al alcohol y sus larguísimas pestañas creando una frontera oscura a sus ojos verdes. Había colocado las manos a ambos lados de su cuerpo, sobre la sucia mesa, y sus tetas se veían espectaculares al tener el pecho erguido por la postura. Él la tanteaba infligiendo al momento una mayor dosis de tensión. Todo aquello me parecía demasiado artificial, paripé en busca de un fin distinto a la charla que estaban teniendo.

—¿Ah, sí? ¿Caro Herrera? Escuché que Calvin Klein te estaba volviendo loco, pero que no se dejaba oler mucho. ¿No es el perfume favorito de... Tati? —La pregunta pareció atravesar a Rafa, que colocó su cara frente a la de mi novia y le regaló una sonrisa de autosuficiencia antes de arrojar ambas colillas al suelo. Raquel siguió la estela humeante del pitillo que Rafa le había arrebatado de la mano e inmediatamente volvió a encararse a él.

¿Tatiana? Me parecía surrealista y casi ofensivo que aquel medio metro que se valía de unos zapatos de suela gruesa para ganar tres o cuatro centímetros de estatura hubiera llegado a intimar con aquel portento de chica, como insinuó Raquel. Aunque viendo lo que acontecía, mejor guardar silencio y no dudar de los rumores. Muy a mi pesar.

El cuarentón arrimó su cuerpo de nuevo a la mesa y comenzó a recorrer los muslos desnudos de mi niña con la palma de sus manos. Avanzó desde las rodillas hasta que se encontró con el pantaloncito, deteniéndose a la altura de sus caderas. Desde ahí subió y comenzó a acariciarle la cintura. Siempre buscando contacto físico, siempre encontrándolo. Maldije en voz baja sin salir de mi estupor. Reacciona, joder, tú no eres así de sumisa, ¡mi novia no es así!, grité para mis adentros, sin darme cuenta de que el bloqueado era yo.

—¿Esa era otra pregunta de celosilla... o de curiosilla? —replicó con maldad. Se volvió a pasar el índice por la nariz, como si se atusase un bigote invisible, y aspiró rápidamente un par de veces.

Ella permanecía impasible sobre la mesa, aguantándole la mirada. Espalda erguida, manos sobre el tablero, tetas alzadas. Ni se inmutó cuando el antiguo jefe introdujo la mano entre la camisetilla y el pantalón y comenzó a acariciar su piel. ¿No pensaba parar?

—Algo oí de que la oliste en Navidad. Os olisteis. ¿No? Era curiosidad, nada de celos, tontito. No le he preguntado ni a ella, ya ves. Además, ¿por qué se supone que iba a tenerlos, eh?

Las manos de Rafa salieron de entre las telas y descendieron hasta su cadera de nuevo. Pero esta vez no permanecieron estáticas. Sus manos se deslizaron sobre la tela y se fundieron con la porción del culo de Raquel que no reposaba en el tablero metálico. Me parecía imposible que eso estuviera pasando, esa no era mi novia, la que tanto izaba la bandera de la fidelidad, la confianza y el respeto. No, no y no. Rió divertida, traviesa, e incluso hizo el intento de zafarse de sus garras. En vano, obviamente. Rafa tenía otro plan y atacó. En una fracción de segundo el rostro de Raquel se transformó. Su ojos exteriorizaron sorpresa y su boca se desencajó cuando sintió como el maduro, tirando de su cuerpecito hacia él, la pegaba contra su paquete de un fuerte tirón, deslizándola sobre aquel mostrador. A traición. Mi chica casi pierde el equilibrio, por lo que se aferró con sus manos al filo de la mesa en un acto instintivo y echó su cuerpo hacia atrás, elevando las piernas. Sus tetas bailaron bajo la ropa como dos abultados moldes de gelatina. Pegó la cabeza y el cuello contra la sucia pared y lo miró con los labios entornados y los muslos abiertos.

La polla de Rafa se acababa de estampar contra la entrepierna de Raquel, y no me cupo duda de que el bulto que se apreciaba bajo el pantalón del caballero había acertado de pleno en el sitio adecuado: ese placentero botoncito que bien tocado desde fuera es capaz de desencajar la mandíbula de Raquel, sonsacarle un pequeño gemido y convertir su mirada entreabierta en el más sensual de los reclamos femeninos.

Justo como acababa de suceder.
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Antiguo 09-oct-2018, 16:55   #18
dmasiadomorboso
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Predeterminado

Enhorabuena! un relato magnífico y muy bien escrito.

Me identifico al 100% con el protagonista, y las sensaciones que transmite.

Estoy ansioso por continuar disfrutando la historia

Gracias!
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Antiguo 09-oct-2018, 17:21   #19
viciosinfin1973
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Predeterminado

Que gran relato¡¡¡

Muchas gracias
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Antiguo 09-oct-2018, 19:17   #20
richard84
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Predeterminado

El relato sigue siendo impresionante, tanto por el desarrollo del tema como por lo bien escrito que está.

Lo malo para ti es que tu novia está en una situación de peligro inminente, creo que deberías darle una llamada, aunque solo sea para para sacarla del letargo en que se encuentra.

Saludos.
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Antiguo 09-oct-2018, 19:18   #21
Sigrid
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Predeterminado

Casi he estado sin respirar hasta que terminé de leerlo, jejej.... Yaaaaaaaaaaaa sé que es una exageración pero en el fondo es casi lo que he sentido.

Un beso.- Cristina
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Antiguo 09-oct-2018, 23:21   #22
victorgol
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Predeterminado Viva viva viva

Buenísimo, de lo mejor que he leído por aqui sin lugar a dudas, morbo muy bien dosificado, sensaciones que afloran en seguida en el lector y una narración perfecta

Sigo expectante, a ver como sale de ahí...
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Antiguo 10-oct-2018, 09:16   #23
Desordenado
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Introducción. Parte 5.


—¡RAFA! —bramó mi novia visiblemente molesta.

Rafa la ignoró, sabiéndose en una posición dominante, y comenzó a mover la cintura procurando que el bulto de su entrepierna colisionase con el pantaloncito blanco en el lugar en que su mente había señalado la equis. Aquello tomaba tintes dramáticos. Mi sensación de ahogo se intensificó y comencé a sentirme realmente mal.

—Y si es así, ¿qué, eh? ¿Qué pasa si nos olisqueamos Tati y yo?—le contestó con una inflexión chulesca en la voz.

—¡Pues mejor para vosotros, imbécil! —respondió mi novia tratando de ganar terreno.

De un solo movimiento, impulsada por sus manos, se volvió a incorporar sobre la mesa, despegando las manos del captor de su culo y poniendo fin al rápido vaivén de la cintura de aquel. Sus pechos botaron al impactar de nuevo sobre el tablero. Volvía a su posición inicial, aunque sendas entrepiernas se mantuvieran ya a distancia crítica.

—Pero qué tontita, de verdad. Te ha dado por Tatiana hoy, ya ves... Tati es Tati, sin más... Pero tú...

—¿Pero yo... qué? Me has hecho daño, que lo sepas —contestó Raquel mientras trataba inútilmente de peinarse la melena morena pasándose las uñas sobre el cuero cabelludo.

—Tú eres un día de sol y playa en pleno invierno para mí —atajó él, simulando un romanticismo del que a todas luces carecía—. Y lo siento, de verdad, no pretendía hacerte daño, más bien toooodo lo contrario... —añadió con voz dulzona. Le acariciaba los muslos sin perder detalle de cómo se acicalaba la melena.

Llevó en ese momento las manos a la cintura de Raquel en el decimotercer acercamiento de la noche, se inclinó hacia su cuello por la franja izquierda y lo besó. Sin más. Un beso sonoro. Ella se encogió de hombros y apretó los dientes bajo unos labios que sonreían en rojo. Luego fue al otro flanco del cuello y repitió beso.

—¿Me vas a perdonar por haber intentado violetearte sobre la mesa, pequeñaja? —le preguntó a Raquel casi al oído. Ésta le devolvió una mirada de perfil con el entrecejo arrugado cuando dio las últimas sacudidas a una melena que cayó en cascada hacia atrás.

Parecía estar tanteando el próximo ataque y trepó con sus manos sobre la suave camisetilla al tiempo que le buscaba la boca. Mi novia, al notar la proximidad de sus zarpas y su mandíbula, colocó sus brazos en posición defensiva, como una boxeadora, y giró el cuello para regalarle el perfil opuesto. Ahora no podía verle la cara desde mi ubicación. Por eso centré mi atención en su pelo manchado de polvo y en la piel de gallina de sus delgados antebrazos, que trataban de proteger sus pechos. El exjefe aprovechó ese momento para volver a besar el cuello que le quedaba expuesto, aunque esta vez, sabedor de que tenía el camino libre, no se limitó a darle una sola caricia, sino que le fue plantando muaks varios aquí y allá. Cuando echó el pelo de Raquel hacia atrás para escalar hasta su orejita, ella lo frenó.

—Para, para, sooooo, caballo... Que estás muy besucón... —su voz no expresaba demasiado desagrado, pero que no llegase a su oreja, zona extremadamente sensible, suponía un alivio dentro del dolor que me poseía. Que lo frenara a cada rato, también.

—Joder, Raquelita, creo recordar que te encantaban los besitos, ¿no es así?... —El comentario, como aquellos mimos, me sacó de quicio. Otra vez el maldito pasado.

Cuando se volvieron a mirar frente a frente, su raptor la sujetó de las manos y tiró de ellas, separando los brazos de su cuerpo. Los vellos de los antebrazos de Raquel seguían erizados y él se jactó de ser el causante de aquella reacción. Aunque fue otra, y no esa, la reacción en la que centró su atención. Los pezones de Raquel, erectos, se apreciaban claramente bajo la tela de la camisetilla. Parecían querer romper el sujetador. Mi novia agachó la cabeza siguiendo la visual del maduro y al darse cuenta del detalle comenzó a reírse como una tonta.

—Vaya, vaya, ¡pero qué tenemos aquí! —bromeó Rafa sorprendido. O haciéndose el sorprendido.

Sin pensárselo, alargó la mano para intentar alcanzar su pecho izquierdo. Por suerte, se encontró con el rechazo de Raquel, que fue rápida y lo detuvo in extremis. Igualmente, lo siguió de atajando cuando el puerco continuó metiéndole mano. ¿Cómo se puede tener tanta cara?

—¡¿A dónde vas?! —preguntó entre risas, revolviéndose sobre la mesa—. ¡Que esto es territorio prohibido! —¿Y el resto no lo es?, me pregunté deseando que ocurriese algo, lo que fuese, que acabara con aquella dinámica antes de que fuera demasiado tarde. Iluso de mí.

Rafa no le contestó. Comenzaron un juego de toma y daca en el que mi chica se defendía de los intentos del pulpo por alcanzar sus pechos, que se movían como dos flanes escudados por las extremidades superiores de mi novia. En un momento dado, Raquel le agarró de las muñecas, pero el exjefe se soltó con facilidad antes de volver al ataque, forzándola a adoptar la posición de defensa con rapidez. Inmediatamente después, fue él el que la agarró de las muñecas en un leve intento por apartarle las manos de sus preciosas tetas.

—¿Eres consciente de que estás en un coto privado de caza o ya se te ha olvidado?

—¡Rafa! ¡Para ya, pedazo de idiota! —Si quería resultar convincente, sus risas indicaban todo lo contrario. Se estaba poniendo colorada, encendida, movía las piernas atrapando entre sus muslos la cadera de Rafa y se giraba de un lado a otro sobre la mesa. Él continuaba con sus embestidas sin esforzarse, más por chincharla que por tratar de conseguir lo que quería. Algo que, viendo la actitud de ella...

—Antaño no te me resistías tanto, guapita... Solo quiero comprobar una cosa... Espera, espera...

Aquello me hizo hervir aún más la sangre. Ya estaba bien. Ese «antaño» me atravesó el estómago, como si el pasado doliese más que el presente que estaba contemplando. Tenía una explicación, como mi actitud esclava ante la traición de la que estaba siendo testigo, pero en ese momento escapaba a mi comprensión.

—Antes no tenía novio, chalado. ¡Suéltame las manos!

Las risas y cosquillas continuaron hasta que al cabo de unos segundos Rafa se detuvo, ya fuese por compasión o por estrategia. Raquel estaba totalmente despeinada de nuevo, con sus brazos aún protegiendo sus dos maravillas aplastadas. Respiraba con dificultad. Momento de pausa; silencio únicamente quebrado por el lejano pumba-pumba que cientos de personas bailaban a unos metros de toda aquella escena. Y cuando parecía que se iban a dar una tregua, el exjefe se acercó poco a poco contemplándola de manera hipnótica, como si fuese una presa a la que hubiera que cazar con una prudencia estudiada para que no se revolviese contra su cazador. Posó una de sus manos sobre su cintura, zona más que magreada, y la otra en su cuello, que se giró hacia ese lado queriendo apresar la zarpa. Ella lo observaba expectante, viéndolas venir, con los reflejos limitados por culpa del alcohol. Cuando se hubo acercado lo suficiente, con rapidez, hundió su cabeza entre hombro y cuello con olor a Carolina Herrera. Mi novia cerró los ojos, emitió un gemidito y se dejó hacer apretando los dientes. Desde mi posición podía escuchar besos, bocados y susurros destinados a acabar con sus defensas. Como si tuviera muchas. Raquel giró la cara hacia el lado opuesto al ataque en un acto instintivo que más que pedir el cese de las hostilidades sugería un «sigue así que te vas a llevar el primer premio». Luego, el cabrón subió la mano que tenía sobre su cintura al otro lado del cuello y comenzó a guiar su cabeza a placer. Ahora era su lengua la que recorría su piel expuesta sin encontrar más resistencia que una leve elevación de hombros.

—Rafa... Raaaaaaaaaaaaaaafa... La madre que... —suplicó Raquel, con todos los vellos del cuerpo erizados, los dientes apretados, los párpados entornados... y los ojos en blanco. Drama.

Pero el cabrito la ignoró consciente de lo que estaba consiguiendo y mordió suavemente el hombro de Raquel al aproximarse al cuello. Entonces mi novia emitió otra leve queja, una queja de placer. Un leve «ay». Y después algunos más. A aquello ya no le veía vuelta atrás. Todo era negro. Y más oscuro se puso cuando Rafa, con la cabeza enterrada en su cuello, dejó caer sus gruesas manos hacia su abdomen y le ordenó que lo abrazara. Ante el silencio de Raquel, volvió a insistir:

—Venga, un abrazo en señal de paz. Déjate querer un poquito, por nuestro reencuentro y los buenos momentos vividos...

—¿Vas a ser bueno? —musitó. Evidentemente no lo iba a ser.

—¿No lo he sido siempre...? —Lo dudé bastante.

Tenía que rechazarlo; si se iba a desproteger debía ser para ganar terreno. Pero qué va. Raquel obedeció lentamente, cauta. Se desprotegió, pasó sus brazos alrededor del cuello del maduro y quedó a su merced. Mejor dicho: a merced de la retahíla de mordiscos que en ese momento le brindó.

Rafa ascendió con su mano derecha a las tetas de Raquel, entregada a los bocados y besos que comenzó a recibir en el cuello. Más allá de un suspiro que jamás la había visto dar con alguien que no fuese yo, no puso impedimentos al manoseo que acababa de comenzar. La mano apresaba el pecho izquierdo de mi novia, palpándolo sin demasiada delicadeza, como si fuese un juguete anti-estrés. Luego fue el otro coco el que fue asaltado y manoseado.

—Estas dos te han crecido, ¿eh? —decía excitado sin dejar de palpar con sus manos y besar con sus labios. No se detuvo—. Madre mía, cómo estás, Raquelilla... —le susurraba llegando a la orejita.

El maldito pasado que había facilitado este presente me saludaba otra vez. Un jefe que se folla a su empleada aprovechando su estatus. Una novia a la que realmente no conocía se mostraba como era realmente. Vaya cliché. Aunque qué más daba: en ese momento creí que no habría un futuro para comentar un pasado... ni para arreglar un presente. Todo estaba más que claro y solo me quedaba padecer aquel mal rato previo al final de una historia que creía pura. Quería que todo acabara cuando antes, e incluso me llegué a plantear que hubiera preferido una follada directa fruto de un momento de inconsciencia que todo un tonteo que favoreciera una follada programada aderezada con unos previos que supusieran un agravante a tal perjurio, una traición más por sí mismos. Tareas secundarias, como conseguir salir de allí sin ser visto, eran algo anecdótico en aquel momento claustrofóbico.

Ella no respondió, lógicamente. Con los ojos cerrados se dejaba hacer. Rafa había pasado a la otra parte del cuello y ya lamía con la lengua fuera la recta mandíbula de mi novia. Aunque no sé si era su lengua la que le provocaba que pusiera esa cara de placer, provocándole movimientos espasmódicos en los pies, o que su pezuña de cerdo estuviera apretando uno de sus pezones sobre la tela. Lo estrujaba y retorcía como si fuese el botón de una radio antigua, provocando más suspiros en su víctima. Actuaba a placer, pues los brazos de Raquel seguían abrazándolo, obsequiándole con su cuerpo. Cuando ambas bocas parecían destinadas a encontrarse, mi chica apartó la cara.

—No, Rafa. Ya está bien, de verdad... —le decía con los ojos entrecerrados y los cabellos cubriéndole la mitad de la cara. Estaba comenzando a sudar. Se soltó de su cuello y colocó las palmas de las manos en el pecho de su antiguo superior, apartándolo suavemente. Él obedeció, no sin antes regalarle un último tirón del pezón, lo que provocó que ella se mordiese el labio inferior y le dedicara una mirada de odio controlado. El calambre debió llegarle a la entrepierna antes de que desde allí se propagara por todo su cuerpecito.

Raquel resopló, apartándose el pelo del rostro con el aire que expulsó su boca, e hizo el ademán de bajarse de la mesa. Un movimiento mecánico tras el que no vi convicción alguna. Y si ella no tenía ganas de salir de allí, el maromo menos ganas tenía de dejarla escapar. La empujó con suavidad de los hombros como quien mueve un maniquí y la echó sobre la mesa hasta que su cabeza, sus hombros y la mitad de su espalda entraron en contacto con la pared. Quedó recostada ligeramente sobre la encimera; los codos sobre la sucia mesa; los muslos alzados, separados y en contactos con sus gemelos. Rafa entre ambas piernas abiertas, sexo contra sexo, inclinando su cuerpo hacia ella.

—Rafa... Escúchame un momento... Rafa...

Aquel nombre sonó a lamento, a indefensión nerviosa de verdad, pero también a excitación. Una excitación que se multiplicó cuando las manos de aquel abusador tiraron a la vez de los tirantes de la camisetilla de Raquel, deslizándolos a través de sus delgados brazos. Ella ni se inmutó, a pesar de ser consciente de que las tiras del sujetador también estaban siendo desplazadas. La imagen era surrealista. Mi novia, con las piernas abiertas sobre la mesa, mirando con cara de viciosa cómo aquel desconocido estaba a punto de descubrir sus dos maravillas.

—A ver si estoy en lo cierto o no...

Cuando los tirantes de la camiseta y el sujetador llegaron a la altura de los codos, el escote de Raquel, aún cubriendo sus pechos, quedó totalmente expuesto. Una delicia, dos montañas dignas del mejor escalador a punto de ser coronadas. Entonces, sin resistencia y con los ojos enrojecidos y desorbitados, ante la atenta mirada de Raquel, dirigió el dedo índice hacia el extremo superior de la camisetilla y tiró bruscamente hacia abajo... arrastrando al sujetador consigo.
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Antiguo 10-oct-2018, 09:37   #24
Desordenado
Pajillero
 
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Mensajes: 29
Gracias 486 Veces en 29 Posts
Predeterminado ¡Gracias!

Aprovechando que acabo de subir el capítulo quinto, quería agradecer todos vuestros comentarios, los agradecimientos en forma de thanks y los mensajes privados. Si no llega a ser por estas muestras de atención, no me hubiera animado a seguir subiendo capítulos. Se agradece este feedback constante que nos hace ver que hay personas leyendo nuestros textos. Al fin y al cabo, las historias que en esta página se cuelgan pertenecen a todos nosotros, como lectores ávidos de morbo que somos.

Lamento, por otro lado, haber cortado los capítulos en momentos clave, pero para no subir partes demasiado extensas (me gustaría no pasar de seis o siete páginas a Word en cada nuevo post) me he visto obligado a trocear la introducción en los momentos álgidos. No me importaría subir capítulos de ocho, diez o doce páginas, pero entiendo que hay personas a las que les puede resultar molesto ver un muro de letras cuando tal vez acostumbran a leer episodios más cortos y de acción más directa.

Esta noche, a las 22:30 horas, subiré el sexto y último capítulo de la introducción, para intentar colgar durante el fin de semana el capítulo primero que da inicio al relato. Exacto, aún no ha comenzado.

Feliz día.
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Antiguo 10-oct-2018, 09:50   #25
richard84
Mega Pajillero
 
Fecha de Ingreso: feb-2018
Mensajes: 163
Gracias 237 Veces en 124 Posts
Predeterminado

Pues no quiero pensar en cuando comience el relato, porque ya me tienes cardíaco.

Gracias y enhorabuena, escribes de maravilla.

Un saludo.
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