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Tus Relatos y experiencias - Me exhibo en los probadores de las tiendas Herramientas
Antiguo 30-ene-2019, 07:31   #351
Hugoalcarria
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Buenos dias !! Veo que ya nadie cuenta sus experiencias . Yo he cambiado mi forma de actuar y ya no me dedico a exhibirme tanto , ahora estoy haciendo otras cosas muy morbosas
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Antiguo 31-ene-2019, 12:33   #352
karpado
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Buenos dias !! Veo que ya nadie cuenta sus experiencias . Yo he cambiado mi forma de actuar y ya no me dedico a exhibirme tanto , ahora estoy haciendo otras cosas muy morbosas
Y a que esperas para contarnoslas?
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Mi hilo "Para todas y todos"
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Antiguo 13-feb-2019, 21:26   #353
rsghbb
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Predeterminado ¿Ninguna chica? ¡No me lo creo!

¡Vaya! Leyendo este hilo, parece que sólo los chicos se exhiben en los probadores, cuando en realidad a mí siempre me ha parecido una actividad intrínsecamente femenina.

No hay que olvidar que cuando un chico se exhibe, generalmente queda como un salido, mientras que si lo hace una chica fingiendo cierto despiste e inocencia, nadie va a juzgarla mal. Creo que tanto a chicos como a chicas nos gusta enseñar cacho, pero en realidad somos las chicas las que lo tenemos mucho más fácil y acabamos efectivamente haciéndolo mucho más.

Para mí al menos, es un gran recurso en los largos meses de invierno, en los que tanto me cuesta buscar una excusa para enseñar estas tetitas y este cuerpo a alguna víctima inocente. Aparte de los spas -en los que llevo bañadores muy transparentes o sujetadores que dejen escapar algún pezón furtivo-, ir de tiendas es la única manera que tengo para mostrar mis cositas cuando el tiempo no acompaña.

Distingo tres grados de exhibicionismo.

El primero es cuando me hago la tonta: el mirón no sabe que yo sé que me mira. Hay varias posibilidades. La más obvia sería dejar la cortina muy mal corrida y jugar con el espejo para ver quién me ve de fuera. Otra sería, si hay puerta con pestillo, no cerrarlo. Puedo quitarme el sujetador o incluso quedarme en pelota picada y esperar a que alguien abra la puerta; si es un chico mejor, claro.

Hay una tienda en un centro comercial de Pamplona en la que descorriendo la cortina de enfrente y un poco de la mía, me ven desde el exterior, desde las cajas. Puedo estar en tetas o desnuda del todo mirando a la gente de fuera y sabiendo que ellos pueden verme en cualquier momento. Un día hasta vino la cajera a cerrarme bien la cortina, advirtiéndomelo todo apurada.

Cuando veo una pareja en la que el chico va de acompañante entrar a los probadores, siempre hago diana. Me pongo en el probador de al lado de ella y dejo una buena raja en la cortina para que él me vea mientras espera fuera. Siempre -salvo que esté con la regla- me quedo en pelota picada y empiezo a probarme sujetadores, braguitas o bikinis. El mejor momento es el del cazote, cuando nuestras miradas se cruzan, cierro de golpe la cortina y, al salir, le miro inquisitiva para hacerle sentirse culpable.

Otra debilidad clasificable en esta categoría es cuando en verano me pruebo sandalias en todas las tiendas y puestos que veo. Claro, voy con vestidito que al agacharme me deja todos los pezones a la vista del dependiente. Si además, como suele ser el caso, no llevo bragas debajo del vestido, puedo exhibirme cuanto quiera ante al pobre dependiente. Tengo fotos hechas por mi novio absolutamente pornográficas en varias tiendas, probándome menorquinas y calentando al personal. Por algo tengo más de diez pares...



El segundo grado de exhibicionismo es cuando finjo que no me importa que me vean: el mirón ve que sé que me está mirando pero finjo que no le doy importancia. En definitiva, estar en topless es un acto de reivindicación femimista; al menos en el sentido de que tenemos el mismo derecho a mostrar nuestro pecho que un hombre. Creo que eso es indiscutible, más allá del hecho insoslayabe de que a mí me ponga cachonda.

Por ejemplo, entra una pareja al vestuario -como antes- y yo voy con mi novio o con una amiga, que me acompaña. Me vuelvo a situar junto al probador contiguo al de la chica, mientras él espera fuera. Como mi novio o amiga van a ir dándome su opinión sobre mis modelitos -vestidos, sujetadores, braguitas de bikini...-, yo acabo directamente por no cerrar la cortina para cambiarme; así, como lo más normal del mundo. A mi novio le encanta que me exhiba, y mis amigas saben que no soy pudorosa. Los chicos se quedan flipando de que de repente, en una de esas, voy y me quito el vestido o la camiseta en sus narices, quedándome en tetas, como lo más normal del mundo.

Otra opción más suave para esto mismo es salir del cubículo probándome bañadores o lencería, o camisones con trasparencia. Abro y salgo para pedir opinión a mi acompañante sin importarme que haya un chico allá.

Las rebajas son muy propicias para esto, ya que en la zona de probadores se crea un ambiente mayoritariamente femenino. Al haber tanta gente, igual ocupamos una cabina entre dos o tres amigas, y yo me pongo en tetas -precisamente evito llevar esos días sujetador- en mitad del pasillo como lo más normal del mundo, dándome igual que haya algún chico por ahí.

Pedir opinión a algún dependiente también es algo muy recurrido. Algún amigo mío que ha sido dependiente en Z### me ha reconocido que somos muchísimas las mujeres que nos exhibimos delante de ellos con las excusas más peregrinas. Si por ejemplo me estoy probando un bikini y el chico está cerca, es tan fácil como llamarle y -tal vez con un pezón fuera o la aureola asomando- pedirle una talla más o menos de sujetador: "Es que no voy a salir así a por ella...". Evidentemente, cuando vuelve con ella, yo le espero sin el sujetador y le abro la cortina en tetas. "¡Gracias! Espera, no te vayas. A ver qué opinas...". Y así, incluso puedo volver a probarme un par de veces las dos tallas delante de él. Las posibilidades son infinitas, como por ejemplo probarme una blusa clamorosamente trasparente sin nada debajo y preguntarle si es para llevar sin sujetador o es muy exagerada. Más de una vez he ido a varias tiendas de la misma cadena a probar la misma blusa para hacer lo mismo. No tengo remedio...

Los mercadillos de zonas playeras son también mi debilidad, y están en este segundo grado de exhibicionismo. Es una maravilla cuando ves un pareo o un vestidito de playa en el mercadillo de un paseo marítimo o en una calle de -pongamos por caso- el centro de Mahón y sencillamente te quedas en topless en medio de la calle, delante de todo el mundo para probártelo. Y así varias veces seguidas. No son pocos, incluso respetables padres de familia, los que con más bien poco disimulo se paran para ver cómo te vuelves a desnudar e incluso te sacan alguna fotografía o vídeo. Precisamente, más de una vez mi novio se ha alejado y ha grabado toda la escena, así como la reacción de la gente.



Finalmente, el tercer grado de exhibicionismo de probadores es cuando te desnudas delante de un chico pero con un fin estrictamente sexual. No lo he hecho muchas veces. De hecho, recuerdo sólo dos. Sé que suena un poco a guión de peli porno, pero creedme que no es nada al lado de las historias que me cuentan algunas de mis amigas...

La primera fue hace un par de años, delante de un francés con pinta de surfista que estaba cañón, con el que ya había cruzado varias miradas bastante perturbadoras. Entró con su chica a los probadores de una conocidísima tienda de lencería que es muy recurrente para mí para estos temas. Yo me puse al lado del cubículo de ella -como tantas veces-, dejé la cortina muy muy mal cerrada y me desnudé por completo para probarme un conjunto. Por el reflejo, yo ya estaba segura de que me estaba mirando por el generoso hueco de la cortina. Al buscar, como siempre hago, el contacto visual me llevé un susto que me dejó descolocada: él no disimuló en absoluto. Cuando vio que le había "pillado", parecía que ya sabía perfectamente cuál era mi juego. Me miró a los ojos y me sonrió. Instintivamente me tapé el pecho y el coño con las manos, pero no pude reprimir una sonrisa. Nos aguantamos la mirada... y él descorrió más la cortina. ¡Madre mía, estábamos a un metro de distancia de su novia! Descubrí por completo mi hermosura y sentí el calor de sus ojos en mi piel. Su novia le habló y él le contestó con naturalidad. Con esa misma naturalidad con la que, segundos más tarde amasaba mis pechos y palpaba mi humedad. Apenas unos segundos de gloria sin recompensa final, antes de que su chica saliera y arruinara mi hechizo. No nos pilló de puro milagro.

No me creía lo que había pasado: el cazador, cazado. Yo siempre tan segura de mis juegos morbosos, había sido víctima de alguien que había adivinado todas mis jugadas. Con semejante físico, estoy segura que no era la primera que se le tiraba al cuello, incluso delante de su pareja. Sin embargo, me había dejado totalmente descolocada.

Me vestí y salí del probador y de la tienda, sin encontrarme a mí misma. Al pasar junto a uno de los restaurantes del centro comercial sentí una presencia extraña, una incógnita repentina. Ahí estaba él. Fingía interesarse por la conversación banal que le daba su chica mientras buscaba mi mirada. Me quedé paralizada. Di unas vueltas ilógicas, como un pollo sin cabeza, para disimular mi absoluta indeterminación. Volvimos a mirarnos. No podíamos quedarnos así.

Me acerqué al pasillo que llevaba a los baños. Me giré y lo miré a lo lejos. Apenas tuve que esperar unos segundos: había pillado la indirecta y se excusaba de su novia para ir al baño. Le esperé en el baño de minusválidos con la puerta abierta.

Fueron apenas cinco minutos -para no levantar sospechas-, pero creedme que bien aprovechados.


La otra experiencia que tuve fue hace unos años con unos jovenzuelos, españoles de bien, de los de los náuticos y las perlitas, estudiantes de la universidad del opus con toda seguridad. El veintegenario iba con su gracioso uniforme de pequeño notario acompañando a su límpida doncella, arropándola bajo su brazo protector. Maravilla. Cuánto decían con tan poco. Qué feliz iba ella, ajena al hecho de la cara de guarro que se le ponía a su amado galán mirando mis pantalones de cuero. Cuando le pillé mirándome, le faltó llamarme guarra a la cara. Supremacía moral, se llama. Luego, me aguantaba la mirada. Increíble.

Hay cosas con las que no puedo.

Puto crío. ¿Ya se creía el puto amo del mundo?

Cuando los vi entrar a los probadores, no lo dudé un momento. Entré decidida, mirándole a los ojos. Se extrañó, trago saliva. Me puse junto al probador de su chica y le seguí mirando inquisitiva. Me había caído muy gordo, el mocoso. Se iba a ir con un buen dolor de huevos este aprendiz de machirulo putero y meapilas. Vas a saber qué es "una puta guarra", una de verdad, niñato.

Nos seguíamos mirando. Él, incrédulo, acojonado. Yo, en modo bola de fuego.

Me quité el jersey. Me quite la camiseta. No me quité el sujetador, porque no llevaba. Parecía que le iba a dar un infarto, pero el muy cabrón no se iba. Su amada, junto a nosotros. Me bajé unos centímetros el pantalón de cuero. Bajé mi tanga. Él ya sudaba. Yo me masturbaba sin placer, sólo por joderlo. La cortina, abierta de par en par. Su enamorada, ajena a todo.

Cuando pòr fin se acercó, le dejé tocarme una teta, apenas unos segundos. Empujón. Tortazo. La cortina cerrada de golpe. ¡Que aprenda!

Se fue escaldado.

Yo me quedé un rato más: necesitaba masturbarme.

Última edición por rsghbb fecha: 13-feb-2019 a las 21:38.
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Antiguo 14-feb-2019, 01:00   #354
karpado
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¡Vaya! Leyendo este hilo, parece que sólo los chicos se exhiben en los probadores, cuando en realidad a mí siempre me ha parecido una actividad intrínsecamente femenina.

No hay que olvidar que cuando un chico se exhibe, generalmente queda como un salido, mientras que si lo hace una chica fingiendo cierto despiste e inocencia, nadie va a juzgarla mal. Creo que tanto a chicos como a chicas nos gusta enseñar cacho, pero en realidad somos las chicas las que lo tenemos mucho más fácil y acabamos efectivamente haciéndolo mucho más.

Para mí al menos, es un gran recurso en los largos meses de invierno, en los que tanto me cuesta buscar una excusa para enseñar estas tetitas y este cuerpo a alguna víctima inocente. Aparte de los spas -en los que llevo bañadores muy transparentes o sujetadores que dejen escapar algún pezón furtivo-, ir de tiendas es la única manera que tengo para mostrar mis cositas cuando el tiempo no acompaña.

Distingo tres grados de exhibicionismo.

El primero es cuando me hago la tonta: el mirón no sabe que yo sé que me mira. Hay varias posibilidades. La más obvia sería dejar la cortina muy mal corrida y jugar con el espejo para ver quién me ve de fuera. Otra sería, si hay puerta con pestillo, no cerrarlo. Puedo quitarme el sujetador o incluso quedarme en pelota picada y esperar a que alguien abra la puerta; si es un chico mejor, claro.

Hay una tienda en un centro comercial de Pamplona en la que descorriendo la cortina de enfrente y un poco de la mía, me ven desde el exterior, desde las cajas. Puedo estar en tetas o desnuda del todo mirando a la gente de fuera y sabiendo que ellos pueden verme en cualquier momento. Un día hasta vino la cajera a cerrarme bien la cortina, advirtiéndomelo todo apurada.

Cuando veo una pareja en la que el chico va de acompañante entrar a los probadores, siempre hago diana. Me pongo en el probador de al lado de ella y dejo una buena raja en la cortina para que él me vea mientras espera fuera. Siempre -salvo que esté con la regla- me quedo en pelota picada y empiezo a probarme sujetadores, braguitas o bikinis. El mejor momento es el del cazote, cuando nuestras miradas se cruzan, cierro de golpe la cortina y, al salir, le miro inquisitiva para hacerle sentirse culpable.

Otra debilidad clasificable en esta categoría es cuando en verano me pruebo sandalias en todas las tiendas y puestos que veo. Claro, voy con vestidito que al agacharme me deja todos los pezones a la vista del dependiente. Si además, como suele ser el caso, no llevo bragas debajo del vestido, puedo exhibirme cuanto quiera ante al pobre dependiente. Tengo fotos hechas por mi novio absolutamente pornográficas en varias tiendas, probándome menorquinas y calentando al personal. Por algo tengo más de diez pares...



El segundo grado de exhibicionismo es cuando finjo que no me importa que me vean: el mirón ve que sé que me está mirando pero finjo que no le doy importancia. En definitiva, estar en topless es un acto de reivindicación femimista; al menos en el sentido de que tenemos el mismo derecho a mostrar nuestro pecho que un hombre. Creo que eso es indiscutible, más allá del hecho insoslayabe de que a mí me ponga cachonda.

Por ejemplo, entra una pareja al vestuario -como antes- y yo voy con mi novio o con una amiga, que me acompaña. Me vuelvo a situar junto al probador contiguo al de la chica, mientras él espera fuera. Como mi novio o amiga van a ir dándome su opinión sobre mis modelitos -vestidos, sujetadores, braguitas de bikini...-, yo acabo directamente por no cerrar la cortina para cambiarme; así, como lo más normal del mundo. A mi novio le encanta que me exhiba, y mis amigas saben que no soy pudorosa. Los chicos se quedan flipando de que de repente, en una de esas, voy y me quito el vestido o la camiseta en sus narices, quedándome en tetas, como lo más normal del mundo.

Otra opción más suave para esto mismo es salir del cubículo probándome bañadores o lencería, o camisones con trasparencia. Abro y salgo para pedir opinión a mi acompañante sin importarme que haya un chico allá.

Las rebajas son muy propicias para esto, ya que en la zona de probadores se crea un ambiente mayoritariamente femenino. Al haber tanta gente, igual ocupamos una cabina entre dos o tres amigas, y yo me pongo en tetas -precisamente evito llevar esos días sujetador- en mitad del pasillo como lo más normal del mundo, dándome igual que haya algún chico por ahí.

Pedir opinión a algún dependiente también es algo muy recurrido. Algún amigo mío que ha sido dependiente en Z### me ha reconocido que somos muchísimas las mujeres que nos exhibimos delante de ellos con las excusas más peregrinas. Si por ejemplo me estoy probando un bikini y el chico está cerca, es tan fácil como llamarle y -tal vez con un pezón fuera o la aureola asomando- pedirle una talla más o menos de sujetador: "Es que no voy a salir así a por ella...". Evidentemente, cuando vuelve con ella, yo le espero sin el sujetador y le abro la cortina en tetas. "¡Gracias! Espera, no te vayas. A ver qué opinas...". Y así, incluso puedo volver a probarme un par de veces las dos tallas delante de él. Las posibilidades son infinitas, como por ejemplo probarme una blusa clamorosamente trasparente sin nada debajo y preguntarle si es para llevar sin sujetador o es muy exagerada. Más de una vez he ido a varias tiendas de la misma cadena a probar la misma blusa para hacer lo mismo. No tengo remedio...

Los mercadillos de zonas playeras son también mi debilidad, y están en este segundo grado de exhibicionismo. Es una maravilla cuando ves un pareo o un vestidito de playa en el mercadillo de un paseo marítimo o en una calle de -pongamos por caso- el centro de Mahón y sencillamente te quedas en topless en medio de la calle, delante de todo el mundo para probártelo. Y así varias veces seguidas. No son pocos, incluso respetables padres de familia, los que con más bien poco disimulo se paran para ver cómo te vuelves a desnudar e incluso te sacan alguna fotografía o vídeo. Precisamente, más de una vez mi novio se ha alejado y ha grabado toda la escena, así como la reacción de la gente.



Finalmente, el tercer grado de exhibicionismo de probadores es cuando te desnudas delante de un chico pero con un fin estrictamente sexual. No lo he hecho muchas veces. De hecho, recuerdo sólo dos. Sé que suena un poco a guión de peli porno, pero creedme que no es nada al lado de las historias que me cuentan algunas de mis amigas...

La primera fue hace un par de años, delante de un francés con pinta de surfista que estaba cañón, con el que ya había cruzado varias miradas bastante perturbadoras. Entró con su chica a los probadores de una conocidísima tienda de lencería que es muy recurrente para mí para estos temas. Yo me puse al lado del cubículo de ella -como tantas veces-, dejé la cortina muy muy mal cerrada y me desnudé por completo para probarme un conjunto. Por el reflejo, yo ya estaba segura de que me estaba mirando por el generoso hueco de la cortina. Al buscar, como siempre hago, el contacto visual me llevé un susto que me dejó descolocada: él no disimuló en absoluto. Cuando vio que le había "pillado", parecía que ya sabía perfectamente cuál era mi juego. Me miró a los ojos y me sonrió. Instintivamente me tapé el pecho y el coño con las manos, pero no pude reprimir una sonrisa. Nos aguantamos la mirada... y él descorrió más la cortina. ¡Madre mía, estábamos a un metro de distancia de su novia! Descubrí por completo mi hermosura y sentí el calor de sus ojos en mi piel. Su novia le habló y él le contestó con naturalidad. Con esa misma naturalidad con la que, segundos más tarde amasaba mis pechos y palpaba mi humedad. Apenas unos segundos de gloria sin recompensa final, antes de que su chica saliera y arruinara mi hechizo. No nos pilló de puro milagro.

No me creía lo que había pasado: el cazador, cazado. Yo siempre tan segura de mis juegos morbosos, había sido víctima de alguien que había adivinado todas mis jugadas. Con semejante físico, estoy segura que no era la primera que se le tiraba al cuello, incluso delante de su pareja. Sin embargo, me había dejado totalmente descolocada.

Me vestí y salí del probador y de la tienda, sin encontrarme a mí misma. Al pasar junto a uno de los restaurantes del centro comercial sentí una presencia extraña, una incógnita repentina. Ahí estaba él. Fingía interesarse por la conversación banal que le daba su chica mientras buscaba mi mirada. Me quedé paralizada. Di unas vueltas ilógicas, como un pollo sin cabeza, para disimular mi absoluta indeterminación. Volvimos a mirarnos. No podíamos quedarnos así.

Me acerqué al pasillo que llevaba a los baños. Me giré y lo miré a lo lejos. Apenas tuve que esperar unos segundos: había pillado la indirecta y se excusaba de su novia para ir al baño. Le esperé en el baño de minusválidos con la puerta abierta.

Fueron apenas cinco minutos -para no levantar sospechas-, pero creedme que bien aprovechados.


La otra experiencia que tuve fue hace unos años con unos jovenzuelos, españoles de bien, de los de los náuticos y las perlitas, estudiantes de la universidad del opus con toda seguridad. El veintegenario iba con su gracioso uniforme de pequeño notario acompañando a su límpida doncella, arropándola bajo su brazo protector. Maravilla. Cuánto decían con tan poco. Qué feliz iba ella, ajena al hecho de la cara de guarro que se le ponía a su amado galán mirando mis pantalones de cuero. Cuando le pillé mirándome, le faltó llamarme guarra a la cara. Supremacía moral, se llama. Luego, me aguantaba la mirada. Increíble.

Hay cosas con las que no puedo.

Puto crío. ¿Ya se creía el puto amo del mundo?

Cuando los vi entrar a los probadores, no lo dudé un momento. Entré decidida, mirándole a los ojos. Se extrañó, trago saliva. Me puse junto al probador de su chica y le seguí mirando inquisitiva. Me había caído muy gordo, el mocoso. Se iba a ir con un buen dolor de huevos este aprendiz de machirulo putero y meapilas. Vas a saber qué es "una puta guarra", una de verdad, niñato.

Nos seguíamos mirando. Él, incrédulo, acojonado. Yo, en modo bola de fuego.

Me quité el jersey. Me quite la camiseta. No me quité el sujetador, porque no llevaba. Parecía que le iba a dar un infarto, pero el muy cabrón no se iba. Su amada, junto a nosotros. Me bajé unos centímetros el pantalón de cuero. Bajé mi tanga. Él ya sudaba. Yo me masturbaba sin placer, sólo por joderlo. La cortina, abierta de par en par. Su enamorada, ajena a todo.

Cuando pòr fin se acercó, le dejé tocarme una teta, apenas unos segundos. Empujón. Tortazo. La cortina cerrada de golpe. ¡Que aprenda!

Se fue escaldado.

Yo me quedé un rato más: necesitaba masturbarme.
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El chico7
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¡Vaya! Leyendo este hilo, parece que sólo los chicos se exhiben en los probadores, cuando en realidad a mí siempre me ha parecido una actividad intrínsecamente femenina.

No hay que olvidar que cuando un chico se exhibe, generalmente queda como un salido, mientras que si lo hace una chica fingiendo cierto despiste e inocencia, nadie va a juzgarla mal. Creo que tanto a chicos como a chicas nos gusta enseñar cacho, pero en realidad somos las chicas las que lo tenemos mucho más fácil y acabamos efectivamente haciéndolo mucho más.

Para mí al menos, es un gran recurso en los largos meses de invierno, en los que tanto me cuesta buscar una excusa para enseñar estas tetitas y este cuerpo a alguna víctima inocente. Aparte de los spas -en los que llevo bañadores muy transparentes o sujetadores que dejen escapar algún pezón furtivo-, ir de tiendas es la única manera que tengo para mostrar mis cositas cuando el tiempo no acompaña.

Distingo tres grados de exhibicionismo.

El primero es cuando me hago la tonta: el mirón no sabe que yo sé que me mira. Hay varias posibilidades. La más obvia sería dejar la cortina muy mal corrida y jugar con el espejo para ver quién me ve de fuera. Otra sería, si hay puerta con pestillo, no cerrarlo. Puedo quitarme el sujetador o incluso quedarme en pelota picada y esperar a que alguien abra la puerta; si es un chico mejor, claro.

Hay una tienda en un centro comercial de Pamplona en la que descorriendo la cortina de enfrente y un poco de la mía, me ven desde el exterior, desde las cajas. Puedo estar en tetas o desnuda del todo mirando a la gente de fuera y sabiendo que ellos pueden verme en cualquier momento. Un día hasta vino la cajera a cerrarme bien la cortina, advirtiéndomelo todo apurada.

Cuando veo una pareja en la que el chico va de acompañante entrar a los probadores, siempre hago diana. Me pongo en el probador de al lado de ella y dejo una buena raja en la cortina para que él me vea mientras espera fuera. Siempre -salvo que esté con la regla- me quedo en pelota picada y empiezo a probarme sujetadores, braguitas o bikinis. El mejor momento es el del cazote, cuando nuestras miradas se cruzan, cierro de golpe la cortina y, al salir, le miro inquisitiva para hacerle sentirse culpable.

Otra debilidad clasificable en esta categoría es cuando en verano me pruebo sandalias en todas las tiendas y puestos que veo. Claro, voy con vestidito que al agacharme me deja todos los pezones a la vista del dependiente. Si además, como suele ser el caso, no llevo bragas debajo del vestido, puedo exhibirme cuanto quiera ante al pobre dependiente. Tengo fotos hechas por mi novio absolutamente pornográficas en varias tiendas, probándome menorquinas y calentando al personal. Por algo tengo más de diez pares...



El segundo grado de exhibicionismo es cuando finjo que no me importa que me vean: el mirón ve que sé que me está mirando pero finjo que no le doy importancia. En definitiva, estar en topless es un acto de reivindicación femimista; al menos en el sentido de que tenemos el mismo derecho a mostrar nuestro pecho que un hombre. Creo que eso es indiscutible, más allá del hecho insoslayabe de que a mí me ponga cachonda.

Por ejemplo, entra una pareja al vestuario -como antes- y yo voy con mi novio o con una amiga, que me acompaña. Me vuelvo a situar junto al probador contiguo al de la chica, mientras él espera fuera. Como mi novio o amiga van a ir dándome su opinión sobre mis modelitos -vestidos, sujetadores, braguitas de bikini...-, yo acabo directamente por no cerrar la cortina para cambiarme; así, como lo más normal del mundo. A mi novio le encanta que me exhiba, y mis amigas saben que no soy pudorosa. Los chicos se quedan flipando de que de repente, en una de esas, voy y me quito el vestido o la camiseta en sus narices, quedándome en tetas, como lo más normal del mundo.

Otra opción más suave para esto mismo es salir del cubículo probándome bañadores o lencería, o camisones con trasparencia. Abro y salgo para pedir opinión a mi acompañante sin importarme que haya un chico allá.

Las rebajas son muy propicias para esto, ya que en la zona de probadores se crea un ambiente mayoritariamente femenino. Al haber tanta gente, igual ocupamos una cabina entre dos o tres amigas, y yo me pongo en tetas -precisamente evito llevar esos días sujetador- en mitad del pasillo como lo más normal del mundo, dándome igual que haya algún chico por ahí.

Pedir opinión a algún dependiente también es algo muy recurrido. Algún amigo mío que ha sido dependiente en Z### me ha reconocido que somos muchísimas las mujeres que nos exhibimos delante de ellos con las excusas más peregrinas. Si por ejemplo me estoy probando un bikini y el chico está cerca, es tan fácil como llamarle y -tal vez con un pezón fuera o la aureola asomando- pedirle una talla más o menos de sujetador: "Es que no voy a salir así a por ella...". Evidentemente, cuando vuelve con ella, yo le espero sin el sujetador y le abro la cortina en tetas. "¡Gracias! Espera, no te vayas. A ver qué opinas...". Y así, incluso puedo volver a probarme un par de veces las dos tallas delante de él. Las posibilidades son infinitas, como por ejemplo probarme una blusa clamorosamente trasparente sin nada debajo y preguntarle si es para llevar sin sujetador o es muy exagerada. Más de una vez he ido a varias tiendas de la misma cadena a probar la misma blusa para hacer lo mismo. No tengo remedio...

Los mercadillos de zonas playeras son también mi debilidad, y están en este segundo grado de exhibicionismo. Es una maravilla cuando ves un pareo o un vestidito de playa en el mercadillo de un paseo marítimo o en una calle de -pongamos por caso- el centro de Mahón y sencillamente te quedas en topless en medio de la calle, delante de todo el mundo para probártelo. Y así varias veces seguidas. No son pocos, incluso respetables padres de familia, los que con más bien poco disimulo se paran para ver cómo te vuelves a desnudar e incluso te sacan alguna fotografía o vídeo. Precisamente, más de una vez mi novio se ha alejado y ha grabado toda la escena, así como la reacción de la gente.



Finalmente, el tercer grado de exhibicionismo de probadores es cuando te desnudas delante de un chico pero con un fin estrictamente sexual. No lo he hecho muchas veces. De hecho, recuerdo sólo dos. Sé que suena un poco a guión de peli porno, pero creedme que no es nada al lado de las historias que me cuentan algunas de mis amigas...

La primera fue hace un par de años, delante de un francés con pinta de surfista que estaba cañón, con el que ya había cruzado varias miradas bastante perturbadoras. Entró con su chica a los probadores de una conocidísima tienda de lencería que es muy recurrente para mí para estos temas. Yo me puse al lado del cubículo de ella -como tantas veces-, dejé la cortina muy muy mal cerrada y me desnudé por completo para probarme un conjunto. Por el reflejo, yo ya estaba segura de que me estaba mirando por el generoso hueco de la cortina. Al buscar, como siempre hago, el contacto visual me llevé un susto que me dejó descolocada: él no disimuló en absoluto. Cuando vio que le había "pillado", parecía que ya sabía perfectamente cuál era mi juego. Me miró a los ojos y me sonrió. Instintivamente me tapé el pecho y el coño con las manos, pero no pude reprimir una sonrisa. Nos aguantamos la mirada... y él descorrió más la cortina. ¡Madre mía, estábamos a un metro de distancia de su novia! Descubrí por completo mi hermosura y sentí el calor de sus ojos en mi piel. Su novia le habló y él le contestó con naturalidad. Con esa misma naturalidad con la que, segundos más tarde amasaba mis pechos y palpaba mi humedad. Apenas unos segundos de gloria sin recompensa final, antes de que su chica saliera y arruinara mi hechizo. No nos pilló de puro milagro.

No me creía lo que había pasado: el cazador, cazado. Yo siempre tan segura de mis juegos morbosos, había sido víctima de alguien que había adivinado todas mis jugadas. Con semejante físico, estoy segura que no era la primera que se le tiraba al cuello, incluso delante de su pareja. Sin embargo, me había dejado totalmente descolocada.

Me vestí y salí del probador y de la tienda, sin encontrarme a mí misma. Al pasar junto a uno de los restaurantes del centro comercial sentí una presencia extraña, una incógnita repentina. Ahí estaba él. Fingía interesarse por la conversación banal que le daba su chica mientras buscaba mi mirada. Me quedé paralizada. Di unas vueltas ilógicas, como un pollo sin cabeza, para disimular mi absoluta indeterminación. Volvimos a mirarnos. No podíamos quedarnos así.

Me acerqué al pasillo que llevaba a los baños. Me giré y lo miré a lo lejos. Apenas tuve que esperar unos segundos: había pillado la indirecta y se excusaba de su novia para ir al baño. Le esperé en el baño de minusválidos con la puerta abierta.

Fueron apenas cinco minutos -para no levantar sospechas-, pero creedme que bien aprovechados.


La otra experiencia que tuve fue hace unos años con unos jovenzuelos, españoles de bien, de los de los náuticos y las perlitas, estudiantes de la universidad del opus con toda seguridad. El veintegenario iba con su gracioso uniforme de pequeño notario acompañando a su límpida doncella, arropándola bajo su brazo protector. Maravilla. Cuánto decían con tan poco. Qué feliz iba ella, ajena al hecho de la cara de guarro que se le ponía a su amado galán mirando mis pantalones de cuero. Cuando le pillé mirándome, le faltó llamarme guarra a la cara. Supremacía moral, se llama. Luego, me aguantaba la mirada. Increíble.

Hay cosas con las que no puedo.

Puto crío. ¿Ya se creía el puto amo del mundo?

Cuando los vi entrar a los probadores, no lo dudé un momento. Entré decidida, mirándole a los ojos. Se extrañó, trago saliva. Me puse junto al probador de su chica y le seguí mirando inquisitiva. Me había caído muy gordo, el mocoso. Se iba a ir con un buen dolor de huevos este aprendiz de machirulo putero y meapilas. Vas a saber qué es "una puta guarra", una de verdad, niñato.

Nos seguíamos mirando. Él, incrédulo, acojonado. Yo, en modo bola de fuego.

Me quité el jersey. Me quite la camiseta. No me quité el sujetador, porque no llevaba. Parecía que le iba a dar un infarto, pero el muy cabrón no se iba. Su amada, junto a nosotros. Me bajé unos centímetros el pantalón de cuero. Bajé mi tanga. Él ya sudaba. Yo me masturbaba sin placer, sólo por joderlo. La cortina, abierta de par en par. Su enamorada, ajena a todo.

Cuando pòr fin se acercó, le dejé tocarme una teta, apenas unos segundos. Empujón. Tortazo. La cortina cerrada de golpe. ¡Que aprenda!

Se fue escaldado.

Yo me quedé un rato más: necesitaba masturbarme.
Muchísimas gracias por contarnos esa vivencia tuya tan morbosa
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Antiguo 14-feb-2019, 09:56   #356
manubrapi
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Me encanta que participes en este hilo y cuentes tus pequeñas travesuras, es muy morboso y saber que hay mujeres que lo hacen es brutal.
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Antiguo 14-feb-2019, 11:50   #357
rsghbb
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Me encanta que participes en este hilo y cuentes tus pequeñas travesuras, es muy morboso y saber que hay mujeres que lo hacen es brutal.
Casi todas lo hacemos en ese primer grado que definía: haciéndonos las tontas. A casi todas (al menos a las que estamos relativamente orgullosas de nuestro físico) nos pone hacer un regalillo a la vista de vez en cuando; al menos siempre que podamos ocultar nuestra intencionalidad.

Mis compañeros de piso o los del departamento me ven desnuda o los pezones cualquier día, pero no sospechan que yo sea consciente de ello. Están convencidos de que no me entero. En mayor o menor medida, casi todas jugamos a esto alguna que otra vez.

Luego está el exhibicionismo de segundo grado: el fingir que no te importa. Es lo que hacemos sencillamente cuando estamos en topless en la playa, tanto entre desconocidos como con amigos o familiares. Habrá a quienes les resulte natural y no sientan ningún pudor, pero también somos muchas (muchísimas) las que nos excitamos muchísimo al enseñar las tetas y sentirnos entregadas al placer ajeno. Es ni más ni menos lo que se nota en todos esos hombres que vemos en la playa nudista, fingiendo naturalidad cuando en realidad sienten tremendo morbo por dejarse ver (mucho más que por vernos a nosotras, generalmente).

Las mujeres tenemos esas mismas pulsiones, desde luego. Lo que pasa es que nos cuesta reconocerlo. Lo mío no es una excepción. Por eso me extrañó tanto cuando mi novio me dijo que en este foro no había escrito ninguna chica...
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Antiguo 15-feb-2019, 11:24   #358
manubrapi
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Casi todas lo hacemos en ese primer grado que definía: haciéndonos las tontas. A casi todas (al menos a las que estamos relativamente orgullosas de nuestro físico) nos pone hacer un regalillo a la vista de vez en cuando; al menos siempre que podamos ocultar nuestra intencionalidad.

Mis compañeros de piso o los del departamento me ven desnuda o los pezones cualquier día, pero no sospechan que yo sea consciente de ello. Están convencidos de que no me entero. En mayor o menor medida, casi todas jugamos a esto alguna que otra vez.

Luego está el exhibicionismo de segundo grado: el fingir que no te importa. Es lo que hacemos sencillamente cuando estamos en topless en la playa, tanto entre desconocidos como con amigos o familiares. Habrá a quienes les resulte natural y no sientan ningún pudor, pero también somos muchas (muchísimas) las que nos excitamos muchísimo al enseñar las tetas y sentirnos entregadas al placer ajeno. Es ni más ni menos lo que se nota en todos esos hombres que vemos en la playa nudista, fingiendo naturalidad cuando en realidad sienten tremendo morbo por dejarse ver (mucho más que por vernos a nosotras, generalmente).

Las mujeres tenemos esas mismas pulsiones, desde luego. Lo que pasa es que nos cuesta reconocerlo. Lo mío no es una excepción. Por eso me extrañó tanto cuando mi novio me dijo que en este foro no había escrito ninguna chica...
Muchas gracias por tus comentarios, me gusta mucho que haya gente que piense así y que se exprese con tanta claridad.
Gracias.

Quizas algún día si tengo tiempo cuento una experiencia en probadores muy especial.
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Antiguo 15-feb-2019, 12:21   #359
Torozo
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¡Vaya! Leyendo este hilo, parece que sólo los chicos se exhiben en los probadores, cuando en realidad a mí siempre me ha parecido una actividad intrínsecamente femenina.
Qué post tan morboso, gracias por compartir tus experiencias con nosotros.
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Antiguo 15-feb-2019, 12:56   #360
ferranpalles
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Me gusta cuando una mujer narra desde su punto de vista situaciones excitantes revelando los pensamientos y los placeres

[quote=rsghbb;7541147]Casi todas lo hacemos en ese primer grado que definía: haciéndonos las tontas. A casi todas (al menos a las que estamos relativamente orgullosas de nuestro físico) nos pone hacer un regalillo a la vista de vez en cuando; al menos siempre que podamos ocultar nuestra intencionalidad.
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Antiguo 16-feb-2019, 17:06   #361
Hugoalcarria
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Puedo dar fe de que a las chicas las gusta exhibirse . Cuantas veces me han pillado mirándolas y no han cerrado la cortina , es mas , seguian desnudandose como si nada y nuestras miradas tambien se cruzaban . Otras veces evidentemente si que cierran la cortina , hay de todo . Yo ahora ya no me suelo exhibir tanto , lo que hago es probarme cosas , esperar a que entre una chica en el probador de enfrente o al lado y cuando veo por abajo que se ha bajado los pantalones , salgo de mi probador con la excusa de ver como me queda lo que llevo puesto y me quedo mirando en el probador de al lado a la chica de turno .
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Antiguo 16-feb-2019, 22:15   #362
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¡Vaya! Leyendo este hilo, parece que sólo los chicos se exhiben en los probadores, cuando en realidad a mí siempre me ha parecido una actividad intrínsecamente femenina.

No hay que olvidar que cuando un chico se exhibe, generalmente queda como un salido, mientras que si lo hace una chica fingiendo cierto despiste e inocencia, nadie va a juzgarla mal. Creo que tanto a chicos como a chicas nos gusta enseñar cacho, pero en realidad somos las chicas las que lo tenemos mucho más fácil y acabamos efectivamente haciéndolo mucho más.

Para mí al menos, es un gran recurso en los largos meses de invierno, en los que tanto me cuesta buscar una excusa para enseñar estas tetitas y este cuerpo a alguna víctima inocente. Aparte de los spas -en los que llevo bañadores muy transparentes o sujetadores que dejen escapar algún pezón furtivo-, ir de tiendas es la única manera que tengo para mostrar mis cositas cuando el tiempo no acompaña.

Distingo tres grados de exhibicionismo.

El primero es cuando me hago la tonta: el mirón no sabe que yo sé que me mira. Hay varias posibilidades. La más obvia sería dejar la cortina muy mal corrida y jugar con el espejo para ver quién me ve de fuera. Otra sería, si hay puerta con pestillo, no cerrarlo. Puedo quitarme el sujetador o incluso quedarme en pelota picada y esperar a que alguien abra la puerta; si es un chico mejor, claro.

Hay una tienda en un centro comercial de Pamplona en la que descorriendo la cortina de enfrente y un poco de la mía, me ven desde el exterior, desde las cajas. Puedo estar en tetas o desnuda del todo mirando a la gente de fuera y sabiendo que ellos pueden verme en cualquier momento. Un día hasta vino la cajera a cerrarme bien la cortina, advirtiéndomelo todo apurada.

Cuando veo una pareja en la que el chico va de acompañante entrar a los probadores, siempre hago diana. Me pongo en el probador de al lado de ella y dejo una buena raja en la cortina para que él me vea mientras espera fuera. Siempre -salvo que esté con la regla- me quedo en pelota picada y empiezo a probarme sujetadores, braguitas o bikinis. El mejor momento es el del cazote, cuando nuestras miradas se cruzan, cierro de golpe la cortina y, al salir, le miro inquisitiva para hacerle sentirse culpable.

Otra debilidad clasificable en esta categoría es cuando en verano me pruebo sandalias en todas las tiendas y puestos que veo. Claro, voy con vestidito que al agacharme me deja todos los pezones a la vista del dependiente. Si además, como suele ser el caso, no llevo bragas debajo del vestido, puedo exhibirme cuanto quiera ante al pobre dependiente. Tengo fotos hechas por mi novio absolutamente pornográficas en varias tiendas, probándome menorquinas y calentando al personal. Por algo tengo más de diez pares...



El segundo grado de exhibicionismo es cuando finjo que no me importa que me vean: el mirón ve que sé que me está mirando pero finjo que no le doy importancia. En definitiva, estar en topless es un acto de reivindicación femimista; al menos en el sentido de que tenemos el mismo derecho a mostrar nuestro pecho que un hombre. Creo que eso es indiscutible, más allá del hecho insoslayabe de que a mí me ponga cachonda.

Por ejemplo, entra una pareja al vestuario -como antes- y yo voy con mi novio o con una amiga, que me acompaña. Me vuelvo a situar junto al probador contiguo al de la chica, mientras él espera fuera. Como mi novio o amiga van a ir dándome su opinión sobre mis modelitos -vestidos, sujetadores, braguitas de bikini...-, yo acabo directamente por no cerrar la cortina para cambiarme; así, como lo más normal del mundo. A mi novio le encanta que me exhiba, y mis amigas saben que no soy pudorosa. Los chicos se quedan flipando de que de repente, en una de esas, voy y me quito el vestido o la camiseta en sus narices, quedándome en tetas, como lo más normal del mundo.

Otra opción más suave para esto mismo es salir del cubículo probándome bañadores o lencería, o camisones con trasparencia. Abro y salgo para pedir opinión a mi acompañante sin importarme que haya un chico allá.

Las rebajas son muy propicias para esto, ya que en la zona de probadores se crea un ambiente mayoritariamente femenino. Al haber tanta gente, igual ocupamos una cabina entre dos o tres amigas, y yo me pongo en tetas -precisamente evito llevar esos días sujetador- en mitad del pasillo como lo más normal del mundo, dándome igual que haya algún chico por ahí.

Pedir opinión a algún dependiente también es algo muy recurrido. Algún amigo mío que ha sido dependiente en Z### me ha reconocido que somos muchísimas las mujeres que nos exhibimos delante de ellos con las excusas más peregrinas. Si por ejemplo me estoy probando un bikini y el chico está cerca, es tan fácil como llamarle y -tal vez con un pezón fuera o la aureola asomando- pedirle una talla más o menos de sujetador: "Es que no voy a salir así a por ella...". Evidentemente, cuando vuelve con ella, yo le espero sin el sujetador y le abro la cortina en tetas. "¡Gracias! Espera, no te vayas. A ver qué opinas...". Y así, incluso puedo volver a probarme un par de veces las dos tallas delante de él. Las posibilidades son infinitas, como por ejemplo probarme una blusa clamorosamente trasparente sin nada debajo y preguntarle si es para llevar sin sujetador o es muy exagerada. Más de una vez he ido a varias tiendas de la misma cadena a probar la misma blusa para hacer lo mismo. No tengo remedio...

Los mercadillos de zonas playeras son también mi debilidad, y están en este segundo grado de exhibicionismo. Es una maravilla cuando ves un pareo o un vestidito de playa en el mercadillo de un paseo marítimo o en una calle de -pongamos por caso- el centro de Mahón y sencillamente te quedas en topless en medio de la calle, delante de todo el mundo para probártelo. Y así varias veces seguidas. No son pocos, incluso respetables padres de familia, los que con más bien poco disimulo se paran para ver cómo te vuelves a desnudar e incluso te sacan alguna fotografía o vídeo. Precisamente, más de una vez mi novio se ha alejado y ha grabado toda la escena, así como la reacción de la gente.



Finalmente, el tercer grado de exhibicionismo de probadores es cuando te desnudas delante de un chico pero con un fin estrictamente sexual. No lo he hecho muchas veces. De hecho, recuerdo sólo dos. Sé que suena un poco a guión de peli porno, pero creedme que no es nada al lado de las historias que me cuentan algunas de mis amigas...

La primera fue hace un par de años, delante de un francés con pinta de surfista que estaba cañón, con el que ya había cruzado varias miradas bastante perturbadoras. Entró con su chica a los probadores de una conocidísima tienda de lencería que es muy recurrente para mí para estos temas. Yo me puse al lado del cubículo de ella -como tantas veces-, dejé la cortina muy muy mal cerrada y me desnudé por completo para probarme un conjunto. Por el reflejo, yo ya estaba segura de que me estaba mirando por el generoso hueco de la cortina. Al buscar, como siempre hago, el contacto visual me llevé un susto que me dejó descolocada: él no disimuló en absoluto. Cuando vio que le había "pillado", parecía que ya sabía perfectamente cuál era mi juego. Me miró a los ojos y me sonrió. Instintivamente me tapé el pecho y el coño con las manos, pero no pude reprimir una sonrisa. Nos aguantamos la mirada... y él descorrió más la cortina. ¡Madre mía, estábamos a un metro de distancia de su novia! Descubrí por completo mi hermosura y sentí el calor de sus ojos en mi piel. Su novia le habló y él le contestó con naturalidad. Con esa misma naturalidad con la que, segundos más tarde amasaba mis pechos y palpaba mi humedad. Apenas unos segundos de gloria sin recompensa final, antes de que su chica saliera y arruinara mi hechizo. No nos pilló de puro milagro.

No me creía lo que había pasado: el cazador, cazado. Yo siempre tan segura de mis juegos morbosos, había sido víctima de alguien que había adivinado todas mis jugadas. Con semejante físico, estoy segura que no era la primera que se le tiraba al cuello, incluso delante de su pareja. Sin embargo, me había dejado totalmente descolocada.

Me vestí y salí del probador y de la tienda, sin encontrarme a mí misma. Al pasar junto a uno de los restaurantes del centro comercial sentí una presencia extraña, una incógnita repentina. Ahí estaba él. Fingía interesarse por la conversación banal que le daba su chica mientras buscaba mi mirada. Me quedé paralizada. Di unas vueltas ilógicas, como un pollo sin cabeza, para disimular mi absoluta indeterminación. Volvimos a mirarnos. No podíamos quedarnos así.

Me acerqué al pasillo que llevaba a los baños. Me giré y lo miré a lo lejos. Apenas tuve que esperar unos segundos: había pillado la indirecta y se excusaba de su novia para ir al baño. Le esperé en el baño de minusválidos con la puerta abierta.

Fueron apenas cinco minutos -para no levantar sospechas-, pero creedme que bien aprovechados.


La otra experiencia que tuve fue hace unos años con unos jovenzuelos, españoles de bien, de los de los náuticos y las perlitas, estudiantes de la universidad del opus con toda seguridad. El veintegenario iba con su gracioso uniforme de pequeño notario acompañando a su límpida doncella, arropándola bajo su brazo protector. Maravilla. Cuánto decían con tan poco. Qué feliz iba ella, ajena al hecho de la cara de guarro que se le ponía a su amado galán mirando mis pantalones de cuero. Cuando le pillé mirándome, le faltó llamarme guarra a la cara. Supremacía moral, se llama. Luego, me aguantaba la mirada. Increíble.

Hay cosas con las que no puedo.

Puto crío. ¿Ya se creía el puto amo del mundo?

Cuando los vi entrar a los probadores, no lo dudé un momento. Entré decidida, mirándole a los ojos. Se extrañó, trago saliva. Me puse junto al probador de su chica y le seguí mirando inquisitiva. Me había caído muy gordo, el mocoso. Se iba a ir con un buen dolor de huevos este aprendiz de machirulo putero y meapilas. Vas a saber qué es "una puta guarra", una de verdad, niñato.

Nos seguíamos mirando. Él, incrédulo, acojonado. Yo, en modo bola de fuego.

Me quité el jersey. Me quite la camiseta. No me quité el sujetador, porque no llevaba. Parecía que le iba a dar un infarto, pero el muy cabrón no se iba. Su amada, junto a nosotros. Me bajé unos centímetros el pantalón de cuero. Bajé mi tanga. Él ya sudaba. Yo me masturbaba sin placer, sólo por joderlo. La cortina, abierta de par en par. Su enamorada, ajena a todo.

Cuando pòr fin se acercó, le dejé tocarme una teta, apenas unos segundos. Empujón. Tortazo. La cortina cerrada de golpe. ¡Que aprenda!

Se fue escaldado.

Yo me quedé un rato más: necesitaba masturbarme.

Todo un tratado de exhibicionismo. Me encantó.
Me siento muy identificado en muchas situaciones y estoy de acuerdo con muchas cosas que mencionas.
Es verdad que para hombres es más difícil. Yo lo hago con mucho disimulo, como si fuera un descuido y no paso de ahí a no ser que alguna chica me mire más de la cuenta (que afortunadamente han sido varias veces).
Muchas mujeres siguen el juego, me refiero a que miran mucho, a veces sabiendo que tú te has dado cuenta. Yo no quiero pasar de ahí, el simple hecho de que me miren insistentemente me pone muchísimo, pero muchísimo, aunque no quiero más.
Y también es verdad que si ellas se dan cuenta que les estás mirando, siguen el juego. La mayoría, no todas, otras cierran la cortina enseguida.
Me ha encantado lo del chico veintegenario. Le tendrías que haber hecho una mamada, quedarte con el semen en la boca y luego dárselo a su novia en la mano, diciéndole que su novio se lo había dejado en tu boca. Bueno, es una idea como otra cualquiera.
Un saludo.
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Morbosísimos relatos, compañera. A mí me ha apretado el tejano durante un buen rato

Yo hace tiempo que no intento mirar nada, pero debo de tener mala suerte, porque pocas veces he visto cortinas mal corridas, y generalmente se ven espaldas, a lo sumo en sujetador. Cuando ha habido topless, con los movimientos de los brazos, el mal ángulo, etc., no he llegado a ver nada. Solo una vez, en realidad. Ya la conté.

Pero me da un miedo que coincidan las miradas, la chica se cabree y mi mujer se entere, además de la gente que haya en la tienda, que no quiero arriesgarme tanto. Nunca sabes si la chica ha cometido un descuido real o se está exhibiendo. Ahí está vuestro morbo, pero para nosotros es muy arriesgado. Mucho.
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desperado80
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Morbosísimos relatos, compañera. A mí me ha apretado el tejano durante un buen rato

Yo hace tiempo que no intento mirar nada, pero debo de tener mala suerte, porque pocas veces he visto cortinas mal corridas, y generalmente se ven espaldas, a lo sumo en sujetador. Cuando ha habido topless, con los movimientos de los brazos, el mal ángulo, etc., no he llegado a ver nada. Solo una vez, en realidad. Ya la conté.

Pero me da un miedo que coincidan las miradas, la chica se cabree y mi mujer se entere, además de la gente que haya en la tienda, que no quiero arriesgarme tanto. Nunca sabes si la chica ha cometido un descuido real o se está exhibiendo. Ahí está vuestro morbo, pero para nosotros es muy arriesgado. Mucho.
Es verdad que es arriesgado, pero depende cómo lo hagas. Si la chica se deja la cortina medio abierta, pues qué le vamos a hacer. Quien no quiere que se le vea se cierra bien la cortina (bueno, a veces las cortinas están tan mal que algunas no pueden cerrarse bien, eso es verdad).
En mi caso es curioso, a veces hago un montón de trucos para que me vean pero la mayor parte de las veces que me han pillado ha sido o porque no cerraba bien la cortina o porque se han equivocado de probador y me han pillado, pero de verdad. Por cierto, ya lo comenté, pero una de las madres que se equivocó de probador porque creía que estaba su hijo, me abrió la cortina de par en par, me pidió 2 veces perdón pero aprovechó para pegarme un repaso en general y al rabo en particular que no olvidaré, y espero que ella tampoco.
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Antiguo 24-feb-2019, 18:15   #365
Hugoalcarria
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Bueno pues ayer volvi a un centro comercial y me pasó lo siguiente : Me meto en un probador y me empiezo a probar ropa , no me di cuenta que en el probador habia ropa y unas zapatillas por lo que la chica de enfrente era su amiga y se habian metido las 2 en el otro . Yo no me habia enterado y me meti en ese . Bueno pues empiezo a probarme y me quedo en calzoncillos , veo que las 2 chicas de enfrente se estan descojonando y miro por mi cortina y me doy cuenta que me estan mirando....bueno pues nada , sigo a lo mio . De repente una mujer se me acerca y me dice oye perdona solo una cosa ( yo acojonado la verdad , digo algo ha pasado ) : La respondo y la digo si un momento.....claro estaba en calzoncillos . Pero digo venga me voy a animar , la veo que me esta mirando pegada su cara a la cortina y digo pues voy a abrir según estoy . Pues asi me decido y la abro la cortina todo morcillon y solo en calzoncillos y me dice : Es que mi hija se ha dejado el monedero . Digo yo no he visto nada . Entra conmigo en el probador y revuelve la ropa que hay en el suelo y efectivamente está debajo de unas camisetas . Lo coge y me dice : Ayy voy a matar esta chica ( su hija ) , lo siento por entrar así . No sabes como te lo agradezco . Por cierto , relajate un poco chico que no veas como estás !! Hasta luego.
Vamos que me habia mirado bien la muchacha jajaja . Despues a los 5 minutos salí a dejar la ropa y la vi en la tienda y la saludé y la dije hasta luego y me dijo adios guapo !
Una situacion curiosa ante todo
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