Chicas/Parejas | Chicos | Swingers | Citas | Fotos | Vídeos | Gay | Famosas | Relatos | Charla | Sex shop | Cams | Amateur Login | Registrarse
Pajilleros.com: Foro sexo gratis, videos, fotos, porno, chicas con webcam.  


Respuesta
Tus Relatos y experiencias - El camino a la perdición. Una historia de dominación femenina. Herramientas
Antiguo 01-06-2012, 00:22   #21
Tommasino
Pajillero
 
Avatar de Tommasino
 
Fecha de Ingreso: May 2012
Mensajes: 44
Gracias 5 Veces en 5 Posts
Post

En los días que siguieron a aquella experiencia apenas pude concentrarme. Me masturbaba dos y tres veces al día pensando no solo en los perfectos pies que había tenido entre mis manos, sino en la situación tan humillante a que había sido sometido. Tampoco podía parar de hacerme mil fantasías con ella. Quedé sumido en un estado casi enfermizo del que temía no salir. Pensaba en ella en el trabajo, mientras conducía, mientras daba vueltas en la cama tratando de dormir y, por supuesto, mi obsesión se renovaba cuando veía pasear por casa su diabólica figura.

Por otro lado, no tenía claro si seguirle el juego y comprarle el anillo como regalo. Ni siquiera sabía el día de su cumpleaños, hubiera podido preguntárselo directamente pero temía que se burlara de mí. A decir verdad, ni siquiera sabía si realmente era su cumpleaños el mes siguiente. Además, hacerle el regalo supondría poco menos que lanzarme a sus pies y rogarle que me dejara lamerlos, después de lo que me había dicho. Pero no podía evitar darle vueltas y vueltas al asunto, así que opté por comprárselo y no esperar siquiera al mes siguiente, y entregárselo como si se tratara de un detalle cualquiera, dado el interés que ella había manifestado. Hacerle el regalo pero sin darle demasiada importancia, y obviamente sin pedirle nada a cambio, y seguirle el juego.

No tenía problemas económicos, puesto que tenía un buen trabajo y pocos gastos. Ahorraba una parte importante de lo que ingresaba, así que un apenas notaría un gasto así. Incluso pensé que sería muy excitante verla llevar ese anillo en sus pies, le daría un toque mucho más coqueto, más provocador, el de una auténtica Ama. Así, encontré uno perfecto, de plata, reluciente, con un corazón grabado en su parte superior, por unos cien euros. No era precisamente barato, ni mucho menos para una compañera de piso con la que me llevaba realmente mal, pero quería impresionarla y para ello no bastaría con una baratija. Era una locura pero era la única forma de ver qué pasaría a continuación y no darle más vueltas al asunto.

Cuando llegué a casa con él Cristina ya estaba allí. Oí ruido en la cocina, debía de estar preparándose algo. No llevaba el regalo envuelto, ni en ninguna cajita, pensé que así daría más el aspecto de ser algo improvisado, sin mucha ceremonia. Ya era bastante ridículo lo que estaba haciendo como para añadirle un atrezo ceremonioso. Poco antes de cruzar el quicio de la puerta de la cocina me planteé lo que estaba haciendo. ¿Y si solo lo dijo en broma? ¿Y si ella jamás se planteó que fuera a tomarme en serio lo del regalo? Agité mi cabeza y decidí lanzarme, si no se lo daba en esa ocasión perdería días dándole vueltas al asunto y no podía permitírmelo.

- Hola, Cristina.

Estaba comiéndose un sándwich. Terminó de masticarlo y me saludó. Metí la mano en mi bolsillo y saqué el anillo. Su vista se clavó inmediatamente en mis manos y en su boca se dibujó una sonrisa.

- Pasé por la joyería que está dos calles más arriba y vi esto en el escaparate. Me acordé de que te gustaría tener uno, de que tu cumpleaños está cerca… Lo compré a ojo, si no te gusta, no te cabe, te queda demasiado holgado se puede…
- Qué gracioso, a ver… - Se acercó y me lo arrebató de las manos. – Está chulo. ¿Cuánto te ha costado? – No se cortaba mucho en los asuntos económicos.
- Es solo un detalle.
- ¿Pero cuánto?
- Cien… Cien euros.
- ¡Cien euros! – Su rostro hizo una mueca de malicia. Desde luego no le importó lo más mínimo el gasto, al contrario. – Bueno, pues me lo voy a probar a ver cómo me queda, ¿no? – Soltó el sándwich y se dirigió al salón.
- Claro… - Mascullé cuando ya había dejado ella la cocina.

La oí llamarme desde el salón y fui detrás. Había ido a recoger su móvil, que estaba sobre la mesa del salón. Ahora estaba sentada sobre el brazo del sofá, toqueteando los botones. Se quitó la chancla que llevaba puesta con un rápido zarandeo.

- ¿Haces los honores? – Me dijo sentada sobre el brazo del sofá, con el pie descalzo ligeramente levantado y apuntándome.
- ¿Quieres que te lo ponga?
- Claro. – Y asintió con la cabeza sin dejar de mirar la pantalla del móvil.

Tuve que arrodillarme para ponerme a la altura de su pie. Lo sujete y traté y encajé de inmediato el anillo, parecía que había acertado de pleno. Le quedaba fantástico, era una imagen perfecta. Estaba alcanzando de nuevo el culmen de mi excitación. Apoyé la mano en el suelo para levantarme, una vez cumplida mi misión, pero Cristina me lo ‘impidió’ colocando sobre mi rodilla su recién engalanado pie.

- Un momento – me dijo – ¿Te debo algo?
Pensé que se refería al dinero.
- No, no, no. Es un detalle, no me ha supuesto nada…
- No digo eso. Yo te hice una promesa. ¿No quieres probar qué tal saben?
Levantó su pie y lo puso a la altura de mis labios. Creí morirme cuando su fantástico olor copó mi olfato. No me atrevía a levantarme, ni a mirarla a la cara, ni a metérmelo en la boca. Me había quedado paralizado. Ella siguió hablando.
- Si me lo has comprado para eso... ¡No podías esperar para comerte mis pies!
- No, Cristina, yo… - Musité de forma ridícula.
- ¡No de qué! – Empezó a reírse – Me he dado cuenta de como te fijas en mis pies, no dejas de hacerlo, ¿crees que soy tonta? ¡Y todos esos videos!
- Pero solo…
- No seas gilipollas y cómetelos, lo estás deseando. – Lo dijo riéndose burlonamente y la vergüenza multiplicaba mi excitación hasta el infinito.

Empujó la punta de sus dedos contra mis labios, entreabriéndolos con su pulgar. Restregó este como si fuera un pintalabios y entonces abrí la mandíbula. Sin cortarse, metió es pie más al fondo hasta que sus dedos salados se posaron sobre mi lengua. Entonces la miré, casi suplicando compasión antes de rendirme de forma irremediable a mi fantasía.

- Eso es, venga. Ya tienes lo que querías, chúpame los pies. – Sus ojos chisporroteaban, como dejando entrever oscuras intenciones. - ¿Te gusta, eh?

Ya no pude aguantar más. Aquello superaba con creces todas mis fuerzas. Nunca me había sentido igual. Chupar los pies a mi novia no tenía nada que ver. No estaba mal, pero era algo que yo le hacía a ella para satisfacerme. Ella no me dominaba, se dejaba querer y en ningún caso quería someterme, doblegarme. No era lo mismo. Cristina disfrutaba por verme sometido, tenía sus propios planes, quería aprovecharse, se sentía orgullosa de tenerme de rodillas, chupándole los pies entregado completamente. No podía pensar con claridad, había perdido el control. Mis fantasías habían empezado a hacerse realidad. Y las palabras que salían de su boca volvían a demostrarme una y otra vez que podía ponerme todavía más cachondo.

- ¿Sabes que eres asqueroso? – Me dijo haciendo una mueca de reproche – Joder, cómo disfrutas.

Había agarrado un pie y estaba chuperreteando sus perfectos dedos, todavía con pintura carmesí en sus uñas: uno, otro, otro, otro y otro. Cogía el otro pie y repetía la operación. Se me escapaban gemidos involuntarios.

- A ver, saca la lengua…

Obedecía al instante y paseó la planta de su pie por mi lengua, como si fuera una alfombrilla. Entonces me apuntó descaradamente con el móvil y me sacó una fotografía. El flash me deslumbró unos segundos. Tan absorto como estaba en mi dionisíaca degustación no reacción de modo alguno, no me quejé, no me planteé para qué querría esa foto, simplemente continué gozando de mi degradación.

Eso sí, me sorprendió gratamente que en ningún momento tuviera cosquillas, mi novia se reía constantemente cuando le rozaba con los dientes. Ya no pude más y me llevé la mano a la bragueta y me apreté la polla por fuera del pantalón. Estaba a punto de explotar. Un poco más así y me acabaría corriendo.

- Cómo te estás poniendo, ¿eh?

No respondí, absorto como estaba, pero ella reclamaba una respuesta. Quería oír mi voz, tan cachondo como estaba.

- Me tienes loco, me encanta. – Gemí.

Rio satisfecha mientras inclinaba el pie hacia arriba para que chupara a gusto su talón.

- Qué pena que no estén sudados, ¿eh? Así es como te gustan. – Su tono en todo momento era de burla, no parecía excitada sexualmente, pero sí se notaba que disfrutaba explorando hasta qué punto podía llevar la humillación. - ¡Y me decías que no pusiera los pies sucios y sudados en el sofá! ¡Pero si te encanta, puerco!

Cada palabra que salía de su boca elevaba la temperatura de mi cuerpo. Mientras sostenía uno pie con mi mano izquierda, utilizaba la derecha para apretarme la polla. Estaba a punto de correrme.

- ¡No te toques, cerdo! – Dijo alejado el pie de mi cara. – No te voy a dejar que te pajees conmigo delante, ¿entendido?
- Lo siento…

Ahogó mis palabras poniendo la planta del pie sobre mi cara y restregándolo. Lo hacía con fuerza, atrapando mi nariz entre sus dedos, presionando mi boca con su talón y finalmente empujando mi mejilla con el empeine, de forma que tuve que apoyarme en el suelo para no caerme. Este gesto le hizo gracia y comenzó a reírse. Su voz, su risa, ya de por sí sexi, resultaba especialmente cautivadora cuando tenía por objetivo anular mi autoestima. Para mí su efecto era el mismo que el de los míticos cantos de sirena, y mi destino no distaba mucho del que habrían tenido los marineros atraídos por ellos de ser ciertas las leyendas.

De pronto se levantó, sin decirme nada, y se marchó hacia la cocina. Quieto donde estaba, arrodillado frente al sofá, giré la cabeza para seguir sus pasos con mi mirada. Me sentía hipnotizado contemplando sus pies descalzos caminar hasta la cocina, altivos y susurrantes. Cuando desapareció de mi vista, todavía postrado, la excitación pugnaba con mi vergüenza. Había tratado en todo momento de aparentar ser una persona seria, respetable, madura; y ahora una niñata de poco menos de veinticinco años, me había tenido cachondo perdido chupándole los pies, mientras me insultaba y se reía de mí. También sentí que, de alguna forma, había traicionado a mi novia. Me levanté y oí a Cristina silbar, después me llamó:

- ¡Perrito, perrito! – Y siguió silbando.

Todavía acelerado la seguí hasta la cocina, donde la encontré sentada en el taburete alto con los pies desnudos apoyados en su barra inferior. Había vuelto para acabar su sándwich, pero me miraba con un gesto divertido. Parecía que todavía no había terminado conmigo.

- ¿Qué pasa? ¿Ya te has hartado? – Hablaba con la boca llena, huelga decir que nunca había sido una ‘señorita’.
- No, no… Por favor, déjame seguir, tienes unos pies preciosos. – No pude evitar suplicar, adoraba sus tacto, su sabor, su aroma, y verlos flexionados sobre el taburete, haciendo unas pequeñas arruguitas en los bordes de su planta, me arrastraba de nuevo a la locura.
- Pues acércate.

Me arrodillé de nuevo ante ella, pero no levantó sus pies, que quedaban mucho más abajo.

- Vas a tener que echarte. – Dijo con una sonrisa maliciosa.

No dude un instante, me tiré al suelo boca abajo y Cristina soltó una pequeña carcajada de satisfacción. Ahora ya quedaban a la altura de mis labios, con lo que me arrastré un poco más hacia ellos y comencé a dar besos en la punta de sus dedos, sobre sus uñas de fuego, subía al empeine siguiendo el rastro de sus tibias y disimuladas venitas, me erguí un poco para continuar con el tobillo. Me sorprendió no encontrar en sus piernas el más mínimo pelo, cuidaba su imagen. Era coqueta, presuntuosa, soberbia, quizás aquello no le excitara sexualmente, pero no tengo la más mínima duda de que suponía una inyección de orgullo que disparaba su imaginación y su maldad.
Noté que algo me dio en la cabeza, y después vi caer un pedacillo de pan al suelo, junto a mí.

- ¿Has desayunado? Dio un nuevo pellizco al sándwich y me lo arrojó a la cara.

Claro que había desayunado: eran las doce y media de un sábado. Lo había hecho hacía horas. Me estaba pidiendo que me comiera los restos que arrojaba. Era consciente de que me estaba sondeando, de que quería ir poco a poco para ver hasta dónde me podía someter. Era consciente de todo ello pero no podía oponer la más mínima resistencia. Quizás ella procediera con cierta prudencia, tratando de averiguar cuales eran mis límites. Supongo que no querría dar un paso en falso y perder la oportunidad de sacar el máximo provecho a mis fantasías sexuales. Y aunque era el suyo un comportamiento sensato (diabólicamente sensato) lo cierto era que si en ese momento se hubiera bajado sus short de pijama y sus bragas para obligarme a meterle la lengua en el culo mientras me hacía ladrar, lo habría hecho sin parar de darle las gracias.

Fue a coger con la mano el pedazo de pan y me frenó: ‘con la boca’ me dijo. Me metí en la boca el pedazo de pan, lo mastiqué y tragué. Luego arrojó otro, siempre trataba de acertar en la cara y no tenía mala puntería. Cuando acabé, me puse de rodillas mirándola, me tiró un nuevo pedazo y lo atrapé con mi boca. La escena le hizo mucha gracia.

- ¡Bien hecho, perrito! – Gritó sin parar de reír.

Entonces dio un mordisco a su mermado sándwich, masticó un poco y me miró unos segundos a los ojos. Escupió la masa de pan y jamón cocido al suelo y esperó mi respuesta. Y no tardó en obtenerla: me lancé hacia sus restos y los devoré con pasión. Ella hizo un gesto de satisfacción. Cada vez dudaba menos de su influencia sobre mí, de todo lo que podría hacerme. Parecía pensativa, como si examinara todas las alternativas, todas las formas que tenía de sacarle partido a aquello.

- Tráeme un vaso de zumo, anda.

Fui a servírselo sin rechistar. Me temblaban las piernas, si no me dejaba masturbarme en su presencia tenía que marcharme para correrme ya. Pero, ¿cómo marcharme de allí? ¿Cómo desaprovechar esa oportunidad? ¿Qué sabía yo si se iba a volver a repetir o no? ¿Y si ella se avergonzara a posteriori de su comportamiento, o la dominara un sentimiento de vergüenza ajena, al menos? Le entregué su vaso y entonces ella me miró a los ojos y después se miró los pies. Me estaba diciendo que continuara con mi labor.

Agradecido, me volví a tumbar y me entregué a una nueva ronda de besos, lametones, chupadas de deditos… Entonces, ya no existía el tiempo para mí. Ella acabó su zumo y volvió a hablarme.

- Si hubiera sabido que te gustan tanto te habría tenido para hacerme masajes desde el principio.
- Te haré los masajes que quieras – dije después de sacarme su meñique de la boca.
- Buen chico. El problema… El problema es que el casero no permite la entrada de perros en la casa. – Se rio de su propio chiste y yo la acompañé. – Vas a ser mi perrito –dijo en un tono divertido.
- Lo que tú quieras…
- ¡Uh! ¿Lo que yo quiera?
- Lo que tú quieras… - Repetí.
- A ver si te arrepientes. – Dijo pensativa.
- No, no, no me arrepentir.

Ella había ido levantando su pierna y empujándome en la boca con el pie, por lo que había tenido que sentarme sobre el suelo para continuar adorando sus pies. Entonces colocó la punta de su dedo pulgar sobre la nariz. Murmuró e hizo el gesto de brindarme un majar delicioso. Disfruté oliendo su fragancia. De improviso, flexionó un poco la rodilla y me dio un puntapié en la boca. No creo que hubiera calculado del todo bien la fuerza empleada porque me hizo bastante daño. Solté un pequeño grito y acompañé el golpe con un giro de mi cabeza.

- ¡Ups! ¡Vaya! – Dijo ella, poniéndose la mano en la boca y estallando en carcajadas.

Como le había divertido probó a darme otro puntapié, pero esta vez golpeó más flojo y además yo estaba en guardia, aunque no hice nada por esquivarlo. Cuando noté que el golpe había sido más flojo me sobrevino un sentimiento de decepción. Me sentía decepcionado porque no hubiera querido darme más fuerte, hacerme daño. Sin embargo, parecía actuar más por prudencia que por respeto o consideración hacia mí.

Cristina miró su reloj, y me arrojó una servilleta para que le secara los pies. ‘Me los has llenado de babas, límpiamelos anda’ Procedí inmediatamente.

- Tengo que salir, limpia un poco esto, ¿vale? Y… Me harías el favor de llevar a mi cuarto lo que dejé en el salón. Tengo que salir y tengo un poco de prisa – Y sonrió gentilmente.
- Claro.

La cocina no estaba muy sucia, y en el salón apenas había unas revistas suyas y unos zapatos que dejó la noche anterior. Bien pudiera haber recogido aquello ella misma sin el menor esfuerzo. Pero se trataba de una nueva prueba, un nuevo sondeo. Actuaba con prudencia, para ver hasta donde podía llegar. Todavía estaba a tiempo de acabar con aquello, de impedir que fuera a más sin mayores consecuencias. Pero si le seguía el rollo Cristina podía llevar aquello muy lejos. Jamás me imaginé cuan lejos…
__________________
Mi hilo. Una historia de dominación: http://pajilleros.com/showthread.php?t=96999
Tommasino is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Visita nuestro sponsor
Antiguo 01-06-2012, 04:40   #22
cuernoloco
Mega Pajillero
 
Fecha de Ingreso: Jul 2008
Mensajes: 181
Gracias 0 Veces en 0 Posts
Predeterminado perdición

esto que encontré

http://www.youtube.com/watch?v=ep9trGf1Rbc
cuernoloco is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 02-06-2012, 10:50   #23
blow
Mega Pajillero
 
Fecha de Ingreso: Apr 2008
Mensajes: 193
Gracias 22 Veces en 18 Posts
Predeterminado

Estupendo relato. Bien escrito, con morbo, tempo y una excelente construccion de personajes.

Estamos deseando su continuación.
blow is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 02-06-2012, 17:52   #24
T I E R N A _ 9 6
Ultra Mega Dios Pajillero
 
Avatar de T I E R N A _ 9 6
 
Fecha de Ingreso: Jul 2006
Ubicación: soñando sobre una nube de algodón...
Mensajes: 14,342
Gracias 1 Vez en 1 Post
Predeterminado

Buenísimo de diez , lo dicho totalmente enganchada a la historia , está genial escrita y muy real, por lo menos en cuanto a tí y yo creo que también ella

Espero la continuación
T I E R N A _ 9 6 is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 02-06-2012, 23:49   #25
Carolina69
Dios Pajillero
 
Fecha de Ingreso: Nov 2011
Mensajes: 2,821
Gracias 1,169 Veces en 561 Posts
Predeterminado

Muy bien escrito, sin precipitación, recreándote en cada momento, en cada etapa de tu perdición, cocinando a fuego lento tu progresiva degradación.
Felicidades.

Carolina69 is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 03-06-2012, 19:20   #26
mfh
Mega Pajillero
 
Avatar de mfh
 
Fecha de Ingreso: Sep 2009
Ubicación: Mare Nostrum
Mensajes: 133
Gracias 31 Veces en 25 Posts
Predeterminado para Tommasino

Tommasino echamos de menos tus relatossss

Que sepas que tienes seguidores campeón
__________________
Joder no joderemos, pero joder que ganas tenemos
mfh is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 04-06-2012, 08:43   #27
Tommasino
Pajillero
 
Avatar de Tommasino
 
Fecha de Ingreso: May 2012
Mensajes: 44
Gracias 5 Veces en 5 Posts
Wink Gracias

Muchas gracias a todos por vuestro interés La verdad es que me anima mucho.

Espero poder poner la continuación en breve

¡Qué tengáis un buen día!
__________________
Mi hilo. Una historia de dominación: http://pajilleros.com/showthread.php?t=96999
Tommasino is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 05-06-2012, 15:29   #28
Tommasino
Pajillero
 
Avatar de Tommasino
 
Fecha de Ingreso: May 2012
Mensajes: 44
Gracias 5 Veces en 5 Posts
Post

Debo decir que el día que me rendí a los pies de Cristina fue uno de los más excitantes de mi vida. Sin tener en cuenta los que siguieron, solo puedo comparar esa sensación con el momento en que perdí la virginidad o, acaso, con la primera de las veces con cada una de las parejas que tuve. Y aunque pueda parecer exagerado solo mi adoración de los pies de Cristina lo superaba con creces. Es una sensación que no debería perderse nunca: el corazón se acelera y amenaza con salirse del pecho, la temperatura del cuerpo se dispara y un rayo recorre la espalda para golpearte en la nuca. Pero en mi caso, lo peor es que después de cada ‘experiencia’ con Cristina, necesitaba más, necesitaba humillarme más ante ella, llevar más lejos mi fantasía. Y a medida que ella me lo permitía, aunque fuera en pos de su propio interés, mayor dependencia generaba hacia ella. Tenía ganas de complacerla, de satisfacerla en lo que me permitiese, de gustarle…

Como podéis imaginaros, ese sábado en que mi ama me dejó lamer sus preciosos pies fue un día de consagración onanista. No podía, ni quería, quitarme de la mente ese olor, ese tacto y ese sabor. Lo recreaba constantemente y me regodeaba en un recuerdo que modificaba a mi antojo, añadiendo nuevos episodios, nuevas frases y contingentes continuaciones… Hasta que tuve que salir de mi habitación para, al menos cenar. Cené solo porque Cristina había salido. No volvería a verla hasta el día siguiente. Sin embargo, el domingo apenas tuve un encuentro fugaz con ella, casi a la hora de la cena y, contra lo que me hubiera gustado, ni siquiera se refirió al día anterior.

Tampoco volvió a repetirse nada parecido en los días siguientes, lo que me hizo pensar que ella misma se había sentido avergonzada y había decidido no llevar aquello más lejos. Esta idea llegó a frustrarme de tal manera que produjo en mí ideas delirantes, como ofrecerle directamente dinero por masajear y adorar sus pies. Aunque en realidad nunca me propuse enserio hacer tal cosa.

No solo obedecí en cuanto a limpiar la cocina y recoger el salón aquel día, sino que en adelante procuré que todo estuviera impecable. Lo hacía con el ánimo de que se diera cuenta de lo rentable que podría resultarle tenerme sometido, pero también porque necesitaba, de un modo morboso y enfermizo, conseguir su aprobación.

Despuntaba la primavera y subían las temperaturas, lo que dio a mi exquisita compañera de piso la oportunidad de lucir unos conjuntos que se incluyeron rápidamente en mi catálogo de fantasías. Andaba la mayor parte del tiempo descalza, con uno shorts rosas que dejaban escapar la parte baja de sus firmes nalgas, y una camiseta fina que se ponía sin sujetador. Además pocos días después de aquel onírico sábado se había hecho un nuevo peinado, y su media melena dio paso a una más cortita, a la altura de su enhiesto cuello. Más allá de que le quedara mejor o peor, la novedad le aportaba un atractivo especial.

Después de unos días en los que nos vimos poco por casa, pese a vivir juntos, y hablar todavía menos, coincidimos en el momento de la cena. Ella volvía de su sesión vespertina de deporte y como yo iba a empezar a hacer la cena, la invité para que comiéramos juntos. Aceptó encantada, dado lo poco que le gustaba cocinar. Mientras tanto, dijo que iba a darse una ducha y se dirigió hacia el baño de la planta de arriba. Pero antes de perderse de mi vista, se volvió y me dijo: ‘bueno, ¿me ducho o me prefieres así?’, con una sonrisa divertida en la cara. Era la primera alusión a mis fantasías morbosas, de las que había sido partícipe unos días atrás. La miré con un gesto nervioso, aunque por vergüenza solo pude mantenerle la mirada por unos segundos, luego bajé la cabeza y seguí a lo mío. Ella se marchó arriba para ducharse mientras soltaba alguna que otra risilla.

En realidad, que se duchara y no me aplastara con sus pies y asfixiara con sus portentosas piernas en aquel momento fue una decepción; pero en modo alguno hubiera sido capaz de pedírselo. De todas formas, cuando bajó de la guisa antes descrita, con sus short y su pequeña camiseta sin sujetador, la imagen seguía siendo espectacular. Para entonces yo casi había acabado de hacer la cena. Ella se echó en el sofá y puso la tele, ni siquiera se propuso echarme una mano para poner la mesa.

Cenamos juntos viendo la televisión. Hablamos poco, pero mucho más que en otras ocasiones. Quizás en cierta medida se había generado alguna complicidad entre nosotros. Sin duda, compartíamos mucho más que la mayoría de las personas que comparten casa… Me preguntó, sin mucho interés en la respuesta, eso sí, qué tal me iba en el trabajo; para luego hablarme de su nuevo empleo en una discoteca nueva que habían abierto en la ciudad y cuyo propietario le tiraba los tratos; de lo estúpidos o estúpidas que eran sus compañeros de trabajo; así como de un casting al que se había presentado para participar en una película poco conocida y de antemano abocada al fracaso. Escuché y asentí recurrentemente, mostrando un interés más allá del que todo oyente pretende mostrar siempre con su interlocutor.

- Estoy llena. – Dijo hundiéndose en la silla, levantándose un poco la camiseta y acariciando su vientre desnudo.

Era ridículo oírla decir eso. Apenas había acabado con la mitad del plato y en su vientre incluso se insinuaban los suaves montículos de sus músculos abdominales.

- ¿Me traes un postre? Un yogurt… De fresa.
- Por supuesto.

Se lo comió con desgana, con largas interrupciones para mirar la televisión (por supuesto, un programa horrible que había elegido ella) hasta que miró y me dijo con total naturalidad:

- ¡Qué mala soy! Me lo iba a acabar sin compartirlo contigo.

Entonces volcó el yogurt para dejarlo caer sobre el suelo. Como hubo parte que quedó en el envase, usó la cucharilla para tirarlo todo al suelo.

- Venga, anda, te doy un poquito – Dijo riéndose.
- Cristina… - Yo siempre hacía el amago, débil y muy poco convincente, de resistirme a una humillación que deseaba desde lo más profundo de mi alma.
- ¿Cristina qué? – Pisó el yogurt con el pie descalzo y sucio de haber caminado así por toda la casa. Lo restregó poniendo especial cuidado en que sus dedos quedaran bien embadurnados.

Me eché al suelo con lentitud, como si temiera que apartara los pies y me dejara con la miel en los labios, pero no pude evitar soltar un gemido de excitación. Ya con una rodilla hincada en el suelo, fui a echarle mano a su tobillo, para elevar sus pies hasta mi boca, pero me lo impidió.

- ¡Eh, eh, eh! Sin manos. – Y volvió a posar sus pies sobre mi postre.

Me lancé inmediatamente a chupar sus dedos, me los metía en la boca y sorbía con fuerza. Cuando los dejé limpios y brillantes pasé a los del otro pie para repetir la operación con, si cabe, más eficiencia. Cuando acabé, Cristina levantó un poco el pie para que continuara con la planta. La miré con un gesto de agradecimiento y volví rápido a mi tarea.

- Qué comilón eres, ¿está bueno, eh?
- Está delicioso, me encanta.
- Ya veo, a ver cuánto puedes tragar – Y me metió el pie derecho dentro de la boca, empujando hasta provocarme una arcada. - ¡Vaya! ¡Pues sí que eres tragón! Serías un buen mamón.

A pesar de lo discutible que fuera aquello como halago, me complacía viniendo de ella. Seguí chuperreteando sus dedos en cuanto recuperé el aliento.

- ¿Te la cascas pensando en mis pies? ¿Verdad?
- Sí…
- ¿Cuáles te gustan más? ¿Los míos o los de tu novia?
- Los tuyos, los tuyos, por supuesto…
- Tu novia debe tener pezuñas de cerdo – Y estalló a carcajadas.

No respondí sino que pasé la lengua por el borde de la planta, donde tenía unas pequeñas arruguitas que me fascinaban. Ya no quedaba nada de yogurt. Dejé sus pies relucientes, más limpios incluso de lo que estaban antes de embadurnarlos con mi postre. Eso sí, mi cara estaba repleta de yogurt, tanto como para provocar la risa de mi adorada ama.

- Pero qué guarro eres… - Rio.

Esperaba de rodillas la siguiente orden, con una erección descomunal y tratando de retener en mi cerebro cada instante, cada imagen, cada sílaba que salía de su boca, para recrearme y revivirlo mientras me masturbara.

- ¿Qué esperas? Te he dicho que te lo comas todo, mira como tienes el suelo.
Entonces se agachó y me propinó un sonoro guantazo.
- ¡Hostias! Per…

Ella misma se sorprendió de la fuerza que había empleado y le faltó poco para pedir perdón, pero pudo ver como yo, inmediatamente después de chillar de dolor, volví a mi misma posición, esperando la siguiente de sus ‘caricias’. Estaba tremendamente excitado, ya no era yo mismo, sino ese esclavo que protagonizaba mis más íntimas fantasías.

- ¡Vaya! Te gusta que te den, ¿eh? Pues toma un poco más. – Y volvió a soltar un guantazo con la misma fuerza.

Mis gemidos eran una mezcla de placer y de dolor. Cristina siguió golpeando con la misma fuerza, aunque cada golpe me dolía más que el anterior por la creciente irritación de mis mejillas, ya completamente rojas. Cuando pareció que había acabado con los golpes deseé profundamente besar sus manos y pareció leerme la mente, pues puso el dorso a mi disposición para que le mostrara mi agradecimiento. Las besé apasionadamente, sentía que le pertenecía, que era mi diosa que… ¿Que la quería? Aquello se me iba de las manos.

- Pero limpia el suelo, que no has acabado.

Puso el pie sobre mi cabeza y me la chocó contra el suelo. Aquello le parecía muy divertido. Comencé a comer del suelo con energías redobladas y en muy poco lo había dejado impecable.

- Si disfrutas tanto con mis pies te volverías loco con mi coño. – Yo estaba a punto de explotar, vivía un sueño.

Cubrí de besos su empeine, sus tobillos, y subí por la pantorrilla hasta sus rodillas. La miraba desde abajo con una expresión suplicante.

- ¿Te gustaría comerme el coño?
- Es lo que más deseo en este mundo, por favor, déjame que te lo coma, por favor… - Mi dignidad se había desvanecido, si es que en este punto quedaba algo de ella.

Mi cabeza descansaba sobre sus rodillas y me acariciaba el pelo como si fuera su mascota. Deslicé una mano hacia mi entrepierna y empecé a tocarme, no lo pude evitar.

- Te comería el coño todo el día, sería tu perro, te lo comería cuando me dijeras, cuando quisieras, cuanto quisieras… - Recordar mis palabras me excita y avergüenza a partes iguales.
- ¡Qué oferta! Te morirías al probar mi coño, solo con su olor… - Cristina parecía conocer al dedillo qué frases podían volverme loco.
- Por favor… - Mi voz era un hilo.
- ¡Pues te lo vas a comer! ¡Te lo vas a comer entero!

En ese momento me masturbaba por encima del pantalón, no podía creerme que fuera a degustar su coño. En ese momento no podía imaginarme un manjar semejante, algo más delicioso, más apetecible, más sabroso. Se levantó de la silla sin apartarme la mirada. Desde mi posición su cuerpo se erguía con la majestuosidad y la armonía de una estatua de la misma Afrodita. Su gesto era orgulloso, soberbio e incluso cruel, pero visto en perspectiva no consigo apreciar ningún síntoma de excitación por su parte. Se bajó los short y pude ver su tanga negro, pequeño…

- Son las que llevaba antes, no me las cambié, me las volví a poner para ti, ¿ves como no soy tan mala? – La demostración de su premeditación añadió un grado a mi locura, ¿pero acaso podía estarlo más? – Bájamelas tú – me ordenó finalmente.

Con delicadeza y cierto temblor en mis manos, enganché las tiras de su tanga y bajé hacia abajo. Cada milímetro de su piel que me descubría era un primor. Pronto salió a la luz el tatuaje de una mariposa posada sobre su ingle, una mariposa que aleteaba alrededor de la más magnífica de las flores, el preámbulo de mi perdición. Apenas pude resistirme a lanzarme sobre él cuando su coño quedó ante mis ojos. Depilado, suave, ligeramente moreno. Sus labios sobresalían aproximadamente un centímetro, desvergonzados y provocativos.

- Mmmmmm… - Hizo ella, divertida, disfrutando de mi gesto de locura. – Rico, rico, ¿eh?
- Me… Encanta.

Cristina me apartó y terminó ella misma de bajarse el tanga. Lo recogió del suelo y lo manipuló hasta encontrar la parte que había estado en contacto con su coño. Cuando lo encontró me lo mostró, tenía un mancha plateada en su centro. Procuró que esta mancha se topara directamente con mi nariz cuando me lo restregó con fuerza por toda la cara.

- Abre la boca. – Y obedecí al instante.

Me metió las bragas en la boca y empujó con sus dedos para meterlas bien adentro. Tuve que hacer un esfuerzo por no atragantarme.

- Saborea, mastica. – Aquello la divertía, sin duda que la divertía.

Después se acercó a mi oído. Su aliento en mi oído me produjo un escalofrío. Me dijo:

- ¿Crees que voy a dejar a un maricón chupa-pies comerme el coño? Esto es mucho para ti, perrito.

Se puso los short y me dejó masticando su tanga.

- Limpia, perro, que me voy a trabajar.

Aquel ‘juego’ se me había ido de las manos. Cristina parecía dispuesta a continuar con él y parecía saber muy bien cómo hacerlo.

Se marchó a su habitación, supuse para vestirse y marcharse a trabajar. Yo guardé aquel trofeo en mi bolsillo y me dediqué a recoger todo aquello manteniendo mi erección al límite. Solo deseaba subir a mi habitación o al baño y cascármela hasta explotar, y me faltaba muy poco. Me alegraba de que Cristina hubiera decidido seguir con aquello y mis temores sobre su arrepentimiento se disiparon, aunque en cierta medida volví a temer por las consecuencias de este diabólico juego. Entonces recordé a mi novia y la traición que suponía lo que estaba haciendo. A decir verdad esto no me impedía en absoluto postrarme ante Cristina, pero una vez acababa sentía algunos remordimientos. Hacía ya más de un mes que no la veía y en poco más de una hora debería mantener la rutinaria conversación telefónica con ella, aparentado una falsa tranquilidad y normalidad. Pero ni tenía fuerzas ni quería acabar con mi fantasía de ensueño. Pero lo que jamás me pude imaginar fue el grado y la forma en que pude llegar a traicionarla. Quizás eso sea lo que más lamento de toda esta historia.
__________________
Mi hilo. Una historia de dominación: http://pajilleros.com/showthread.php?t=96999
Tommasino is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 05-06-2012, 19:46   #29
blow
Mega Pajillero
 
Fecha de Ingreso: Apr 2008
Mensajes: 193
Gracias 22 Veces en 18 Posts
Predeterminado Acojonante.

Sí, acojonante! Tu relato me tiene superenganchado. No soy mucho de femdom pero està tan bien escrito y refleja tan soberbiamente la evolución sicològica de dominación del protagonista! Esa caida a los infiernos que se intuye, se ve y se acaba deseando. Un deseo que se va cumpliendo pàrrafo a pàrrafo, diàlogo a diàlogo, escena a escena, con pequeñas pero potententes dosis de morbo que, al mismo tiempo que alimentar la líbido, te hace desear más y más.

Por favor, no nos defraudes y continua la historia.

Sólo una humilde sugerencia. Controla un poco la escatologia. Se puede ser muy duro/a, cruel y dominante sin exageraciones ni suciedades innecesarias.

Saludos.
blow is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Antiguo 05-06-2012, 20:21   #30
Carolina69
Dios Pajillero
 
Fecha de Ingreso: Nov 2011
Mensajes: 2,821
Gracias 1,169 Veces en 561 Posts
Predeterminado

Cita:
Empezado por Tommasino Ver Mensaje
Debo decir que el día que me rendí a los pies de Cristina fue uno de los más excitantes de mi vida.
la rendición es lo más
Carolina69 is offline   Responder Con Cita Multi-Quote This Message
Respuesta

Tags « Tema Anterior | Home | Tus Relatos y experiencias | Próximo Tema »
dominación femenina, fetichismo, pies, sumiso




Herramientas




Coches
Humor
Comics
Tonterias
Porno
Porno
Juegos
Minijuegos

Parchis
Juegos Juegos
Juegosxl
Amateur
SexoMix
Badgirlsblog
Alrincon

Mibrujula
Rubias19
Porno
Porno Media
Sexofree
Petardas
Vídeos porno
Belleza
Sexo Gratis
Fotos caseras
Todorelatos
Yonkis
Fresonmagic
Guripas
Sexo Porno
Puteros
Putalocura

Videos Porno
Bellisimas
Doctoramor
Viendosexo
Vídeos gratis
Amables
Marqueze
Chat Erótico
Maxcortes

Prohibido el acceso a menores de edad. Si eres menor debes abandonar inmediatamente esta web. Si desea proteger a los menores del acceso a esta u otras webs de contenido para adultos, encontrará más información en www.protecciondemenores.org.