La exhibicionista y su mago

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Vuiton

Miembro bien conocido
Ministro Pajillero

He tenido un loco día...mil disculpas...🙏...una pequeña compensación 😈

No hace falta ninguna disculpa, aunque por mi puedes compensarnos cada día . Esta fotos son pura delicatessen para gourmet para cualquier follador. Vibrador y plug vaya festival..... El Mago habrá tenido que rebajar tu calentura con una buena follada. Azafata me tienes #palote jejejeje
 

crumble2

Miembro activo
Mega Pajillero
Las diablesas se estaban dando un verdadero festín con su trasero. Alternando cada poco rato, exploraban con sus ágiles lenguas su estrecho pasaje entrando y saliendo rápidamente o haciéndose inesperadamente gruesas. La saliva describía un reguero copioso que caía por la parte interna de los muslos, bajando hasta las rodillas y formando un charquito viscoso en el suelo del escenario.

Azafata abrió su boca anhelante, indicando que estaba dispuesta a dar buena cuenta del rabo que Hurco le estaba ofreciendo. Y él no la defraudó: con un movimiento de su pelvis, hizo que su polla avanzara como un ariete hacia los labios de Azafata. La lengua de ella salío a buscarla contoneándose y lo primero que encontró fue un espeso hilillo de baba que manaba de su balano. Probó aquel líquido espeso, un delicioso veneno, que le hizo comprender que no había vuelta atrás, que debía entregarse hasta las últimas consecuencias. Lamió la cadenita que colgaba de la punta y notó una sensación parecida a pequeños calambres. Por fin, abarcó todo el glande en sus fauces. Era difícil de tragar, parecido a una ciruela y de una textura parecida. Su sabor era distinto al de cualquier hombre. Había probado muchos, pero aquel tenía un paladar indescriptible. Aquel falo sabía a semental. Mamarlo era como comer pura vida: caliente, palpitante. Azafata anhelaba tenerlo dentro enteramente. Poco a poco fue engulléndolo, hasta llegar a un punto donde la lujuria se reunía con la axfixia y la nausea. Hurco respiraba pesadamente, acompasado sus bocanadas de aire con las voraces maniobras de Azafata. Ahora se tragaba aquel miembro, luego lo liberaba cubierto de saliva, que volvía a recoger a lenguetazos para, rápidamente, volver a sorber aquél mástil de carne ardiente.

Tanto se afanaba la chica que no había reparado en que a su lado sobre el suelo algo o alguien se encontraba erguido sobre unas pezuñas como las de una cabra. En el momento que notó aquella presencia, liberó la presa que estaba comiendo golosamente. Al girar la cabeza pudo ver a su lado a una voluptuosa diablesa similar a los hombres bestiales que, un poco más allá, follaban incansables. Pero en este caso, entre sus peludas patas de cabra, se podía ver un coño depilado, en el que destacaba un clítoris del tamaño de un pulgar. Más arriba, unos pechos enormes dotaban a aquella figura obscena de un aspecto irreal, fruto de la fantasía de un loco pervertido. La perversa criatura sonreia con una belleza maligna y de repente, propinó en el culo de azafata un inesperado latigazo que hizo huir asustadas a las dos sucubos y arrancó un grito a la muchacha.

- Hurco - Dijo la diablesa, con voz grave pero con un timbre femenino - esta humana atesora placer suficiente para los dos. Compártela conmigo.

Hubo un momento en que el tiempo se paró. Hurco parecía valorar sus opciones, estático, con su miembro chorreante y la mirada repasando el cuerpo de Azafata.
- Sea. Puedes gozar de ella conmigo.

Sin que Azafata pudiera hacer mucho para evitarlo, entre ambos la cogieron y la tendieron boca arriba. Hurco se le echó encima, para lamer el piercing de su ombligo y luego ir subiendo, dejando un rastro de húmedas caricias, hasta llegar a una posición en la que empujaba con su glande sobre su vulva, intentando abrirse paso hasta sus entrañas. La diablesa empezó por comerle la boca a Azafata, y pronto se agachó sobre ella, ofreciéndole aquellos pechos de areolas gigantescas. Azafata, vacilante, tocó con la puntita de la lengua uno de aquellos pezones. Pero la diablesa no se conformó con eso y, cogiendo su pecho con una mano, arremetió con él hasta que la chica tuvo la boca llena de suave carne. Azafata recorría con sus manos la musculosa espalda de Hurco y le parecía que estaba explorando un paisaje montañoso que cambiaba con cada movimiento de aquél fantástico semental.
Hurco la aferró con firmeza. La envolvía entre sus músculos y se frotaba contra ella, haciendo que todo su cuerpo notase el contacto con aquel cuerpo cincelado hace mil siglos. La piel de hurco tenía un tacto rugoso, debido a las escarificaciones que lo cubrían enteramente, y su tacto la estimulaba como nunca nadie lo había logrado. Empujó bruscamente a la diablesa, para poder volver a apropiarse de la boca de la chica. Así, mientras la besaba feroz y hambriento, comenzó a penetrarla. El clítoris de Azafata no resistió la presión de aquel glande ígneo y estalló en un espasmo devastador. Por un momento, perdio la noción de lo que le rodeaba y se vió flotando en una luz cegadora de color blanco que fue cambiando lentamente de tonalidad y perdiendo brillo, pasando al azul, al púrpura, al rojo hasta que su ser volvió al suelo de aquel escenario. Su cuerpo trepidaba, sus piernas temblorosas se cerraban sobre las caderas del demonio barbado, clavándole los tacones de sus botas en los glúteos, al tiempo que sus brazos, diminutos en comparación con los de su huesped, se sujetaban a los costados.

La siguiente embestida logró abrirse paso en lo más íntimo de Azafata. Y una vez sobrepasado el umbral, no se detuvo. Ella sin aliento apenas, atinaba a contraatacar con su lengua la del ardiente demonio, mientras este empujaba una y otra vez, llegando más y más adentro. Se sentía empalada, incapaz de moverse, pero felízmente llena. Todos sus nervios estaban enviando al mismo tiempo impulsos de placer a su cerebro, que los intentaba procesar al borde del shock.

La velocidad de los empujones iba aumentando, acercando a Azafata velozmente a un nuevo orgasmo. Lo deseaba, pero también lo temía. Dudaba si sus nervios lo aguantarían o perdería el sentido, tal vez la cordura, o quién sabe si la vida. Hurco se arrodilló y sujetándola pos las caderas, tiró de ella para terminar de clavarse en sus entrañas. Sus testículos se estrellaban contra las nalgas de aquella mujer a cada embestida haciendo el ruido de fuertes palmadas y salpicando la mezcla de sus flujos. La diablesa aprovechó la postura que habían adoptado para colocarse sobre Azafata, de modo que sus sexos quedaron expuestos reciprocamente a los labios de la otra. Nada más subirse sobre su presa, buscó habilmente con grueso clítoris sus labios e hizo lo propio en la vulva de la mujer.

Azafata estaba extática. La lengua incansable y habilidosa de la diablesa la pinchaba, cosquilleaba, relamía sin piedad, al tiempo que Hurco la empujaba con una fuerza descomunal. A cada embestida, su cuerpo se movía como si lo arrastraran las olas en un tifón. Aunque no tenía una especial debilidad por las amantes de su propio sexo, aquel grueso clítoris que se restregaba impúdico por sus labios eran la única forma de liberar la tensión que su cuerpo acumulaba. Lo chupó y lo mordisqueó sin el menor recato, sin importarle si le daba placer o dolor a su compañera, sólo era una vía de escape que la ayudaba a alargar su camino hasta el orgasmo final. Pero pronto notó el efecto que estaba teniendo en la diablesa, cuando empezó a temblar y a agitar sus caderas frenéticamente devolviéndole sus caricias multiplicadas por mil.

Hurco soltó un profundo bufido y aceleró el ritmo, era como una locomotora, soltando vapor y arrollándola con una velocidad inusitada. De su miembro brotó de su miembro brotó un potente chorro de esperma que Azafata sintió estrellarse en lo más profundo de ella. Siguieron otros, rebosando como una fuente de lava blanca primero y translúcida después, al mezclarse con los fluidos que un brutal orgasmo estaban generando. Sintió que grito germinaba en su vientre y subía acrecentándose más y más hasta escapar por su garganta como un huracán. Su espalda se arqueó, quedando sostenida sobre su cabeza y una descarga eléctrica la recorrió desde su vulva hasta todos los extremos de su cuerpo. No había terminado de sentir los efectos de este orgasmo, cuando sobrevino otro y otro más, mientras Hurco la follaba incansable y soltaba semen a borbotones.

Estaba desmadejada, no sabía dónde se entontraba ya. Sólo se movía en un universo cuyas dimensiones se medían en unidades de placer. Pudo ver la silueta de Hurco, borrosa, lejana, y decenas de cuerpos que se cernían sobre ella. Creyó ver al camarero, amasando sus pechos y metiendo entre ellos una polla larga y delgada hasta que escupió su carga. También estaban allí los faunos, que se disputaban su boca, penetrándola con sus miembros. Estuvo un rato sentada sobre el rostro de la preciosa diablilla bailarina que comenzó el espectáculo y, luego, alguien la empujó hacia delante para que ofreciera sus deseables ancas y ser doblemente penetrada por dos diablos que acompasados la llevaron a uno de innumerables orgasmos. Su cuerpo estaba mojado de saliva, desde la cabeza a los pies: cien lenguas la habían recorrido y sabía que todavía tenían que gozar con ella.

Súbitamente, un fogonazo la trajo a la realidad. Seguían en el café y vió como, envueltos en una nube de humo, un grupo de soldados vestidos de blanco entraban en tropel. Armados con espadas, amenazaban a los asistentes, que se escondían por los rincones o huían corriendo por alguna salida oculta.

El que parecía el jefe de los soldados, un hombre esbelto, con una melena rubia ensortijada y una mirada azul profundo hablo.
-Hurco, maldito traidor. No tienes derecho a hacer eso con una mortal. Devuélvenos a la mujer y tendremos misericordia: podreis volver al sitio que os corresponde.

Hurco salió de entre las sombras, desnudo. Era una bestia imponente.

-Gabriel, no eres quién para llevártela. La mujer ha venido aquí por su propia voluntad. No tenéis poder sobre ella.

-Tranquila. Ven hacia nosotros, tu alma todavía está a tiempo de salvarse. - Dijo Gabriel con una mirada dulce, pero un gesto severo. Inspiraba integridad y rectitud. - Te llevaremos a un sitio donde todo es puro e inmaculado, allí sanarás y olvidarás la pesadilla que estas deleznables criaturas te han hecho vivir.

Hurco miró a la chica. Ella estaba aún sentada en el suelo, cubierta de humedad y vestida solamente con unas medias maltrechas y unas botas de tacón.

-No te retengo. Me has dado todo sin reparos, te debo gratitud a cambio de tu generosidad.

Azafata se levantó y caminó unos pasos. Altivamente, se dirigió a los presentes.

-Venís para salvar mi alma. Es conmovedor. Pero también es demasiado tarde: creo que ya he elegido mi bando. Definitivamente, el blanco no es mi color favorito.

Entonces se giró y se abrazó a Hurco que, a su vez, la estrechó tiernamente.

Gabriel le devolvió una mirada llena de odio profundo y amargo. Había perdido un alma más. Era sólo un peón en una larga partida de ajedrez, pero cada pieza cuenta, especialmente en su historial.

-¡Destruidlos a todos!

Dentro de aquel local se desató una batalla terrible. Chispas azuladas surcaban el aire, chorros de fuego calcinaban lo que se les interponía. Hurco hizo un gesto con sus manos y el suelo se abrió bajo sus pies. Todo se desplomó al abismo. Hurco, Azafata y una legión de criaturas del averno caían suavemente. Algunos de los soldados blancos que no reaccionaron a tiempo se precipitaron en aquella sima para desintegrarse en millones de diminutas estrellas. El resto miraba desde el borde maldiciendo e increpando a los demonios mientras escapaban.

Abajo, un resplandor rojo anunciaba cual era su destino. Hurco tenía a Azafata entre sus brazos. Un agradable calor los envolvía.

-¿Qué va a pasar ahora? - Preguntó azafata, algo asustada. Hurco le devolvió una sonrisa tranquilizadora, no sin algo de picardía y respondió:
-Verdaderamente, no lo sé. Llevo oyendo hablar del Juicio final desde hace millones de años y empiezo a pensar que son todo habladurías sin fundamento. Lo que si puedo asegurarte es que no te costará acostumbrarte a vivir como una princesa del inframundo.

Dicen que nunca hubo un café en el callejón del infierno. Que la historia de Azafata no es más que una leyenda urbana, que cuentan para asustar a las chicas casquivanas. Pero también hay quien afirma que, algunas noches sin luna, cuando la ciudad está preñada de silencio, si nos acercamos sigilosamente por ese lugar, podremos ver el resplandor naranja del café L'Enfer y oiremos los suspiros Azafata y Hurco mientras se dan placer eternamente.
 
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duchaoyafeitao

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Azafata y Mago

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Hurco la aferró con firmeza. La envolvía entre sus músculos y se frotaba contra ella, haciendo que todo su cuerpo notase el contacto con aquel cuerpo cincelado hace mil siglos. La piel de hurco tenía un tacto rugoso, debido a las escarificaciones que lo cubrían enteramente, y su tacto la estimulaba como nunca nadie lo había logrado. Empujó bruscamente a la diablesa, para poder volver a apropiarse de la boca de la chica. Así, mientras la besaba feroz y hambriento, comenzó a penetrarla. El clítoris de Azafata no resistió la presión de aquel glande ígneo y estalló en un espasmo devastador. Por un momento, perdio la noción de lo que le rodeaba y se vió flotando en una luz cegadora de color blanco que fue cambiando lentamente de tonalidad y perdiendo brillo, pasando al azul, al púrpura, al rojo hasta que su ser volvió al suelo de aquel escenario. Su cuerpo trepidaba, sus piernas temblorosas se cerraban sobre las caderas del demonio barbado, clavándole los tacones de sus botas en los glúteos, al tiempo que sus brazos, diminutos en comparación con los de su huesped, se sujetaban a los costados.

La siguiente embestida logró abrirse paso en lo más íntimo de Azafata. Y una vez sobrepasado el umbral, no se detuvo. Ella sin aliento apenas, atinaba a contraatacar con su lengua la del ardiente demonio, mientras este empujaba una y otra vez, llegando más y más adentro. Se sentía empalada, incapaz de moverse, pero felízmente llena. Todos sus nervios estaban enviando al mismo tiempo impulsos de placer a su cerebro, que los intentaba procesar al borde del shock.

La velocidad de los empujones iba aumentando, acercando a Azafata velozmente a un nuevo orgasmo. Lo deseaba, pero también lo temía. Dudaba si sus nervios lo aguantarían o perdería el sentido, tal vez la cordura, o quién sabe si la vida. Hurco se arrodilló y sujetándola pos las caderas, tiró de ella para terminar de clavarse en sus entrañas. Sus testículos se estrellaban contra las nalgas de aquella mujer a cada embestida haciendo el ruido de fuertes palmadas y salpicando la mezcla de sus flujos. La diablesa aprovechó la postura que habían adoptado para colocarse sobre Azafata, de modo que sus sexos quedaron expuestos reciprocamente a los labios de la otra. Nada más subirse sobre su presa, buscó habilmente con grueso clítoris sus labios e hizo lo propio en la vulva de la mujer.

Azafata estaba extática. La lengua incansable y habilidosa de la diablesa la pinchaba, cosquilleaba, relamía sin piedad, al tiempo que Hurco la empujaba con una fuerza descomunal. A cada embestida, su cuerpo se movía como si lo arrastraran las olas en un tifón. Aunque no tenía una especial debilidad por las amantes de su propio sexo, aquel grueso clítoris que se restregaba impúdico por sus labios eran la única forma de liberar la tensión que su cuerpo acumulaba. Lo chupó y lo mordisqueó sin el menor recato, sin importarle si le daba placer o dolor a su compañera, sólo era una vía de escape que la ayudaba a alargar su camino hasta el orgasmo final. Pero pronto notó el efecto que estaba teniendo en la diablesa, cuando empezó a temblar y a agitar sus caderas frenéticamente devolviéndole sus caricias multiplicadas por mil.

Hurco soltó un profundo bufido y aceleró el ritmo, era como una locomotora, soltando vapor y arrollándola con una velocidad inusitada. De su miembro brotó de su miembro brotó un potente chorro de esperma que Azafata sintió estrellarse en lo más profundo de ella. Siguieron otros, rebosando como una fuente de lava blanca primero y translúcida después, al mezclarse con los fluidos que un brutal orgasmo estaban generando. Sintió que grito germinaba en su vientre y subía acrecentándose más y más hasta escapar por su garganta como un huracán. Su espalda se arqueó, quedando sostenida sobre su cabeza y una descarga eléctrica la recorrió desde su vulva hasta todos los extremos de su cuerpo. No había terminado de sentir los efectos de este orgasmo, cuando sobrevino otro y otro más, mientras Hurco la follaba incansable y soltaba semen a borbotones.

Estaba desmadejada, no sabía dónde se entontraba ya. Sólo se movía en un universo cuyas dimensiones se medían en unidades de placer. Pudo ver la silueta de Hurco, borrosa, lejana, y decenas de cuerpos que se cernían sobre ella. Creyó ver al camarero, amasando sus pechos y metiendo entre ellos una polla larga y delgada hasta que escupió su carga. También estaban allí los faunos, que se disputaban su boca, penetrándola con sus miembros. Estuvo un rato sentada sobre el rostro de la preciosa diablilla bailarina que comenzó el espectáculo y, luego, alguien la empujó hacia delante para que ofreciera sus deseables ancas y ser doblemente penetrada por dos diablos que acompasados la llevaron a uno de innumerables orgasmos. Su cuerpo estaba mojado de saliva, desde la cabeza a los pies: cien lenguas la habían recorrido y sabía que todavía tenían que gozar con ella.

Súbitamente, un fogonazo la trajo a la realidad. Seguían en el café y vió como, envueltos en una nube de humo, un grupo de soldados vestidos de blanco entraban en tropel. Armados con espadas, amenazaban a los asistentes, que se escondían por los rincones o huían corriendo por alguna salida oculta.

El que parecía el jefe de los soldados, un hombre esbelto, con una melena rubia ensortijada y una mirada azul profundo hablo.
-Hurco, maldito traidor. No tienes derecho a hacer eso con una mortal. Devuélvenos a la mujer y tendremos misericordia: podreis volver al sitio que os corresponde.

Hurco salió de entre las sombras, desnudo. Era una bestia imponente.

-Gabriel, no eres quién para llevártela. La mujer ha venido aquí por su propia voluntad. No tenéis poder sobre ella.

-Tranquila. Ven hacia nosotros, tu alma todavía está a tiempo de salvarse. - Dijo Gabriel con una mirada dulce, pero un gesto severo. Inspiraba integridad y rectitud. - Te llevaremos a un sitio donde todo es puro e inmaculado, allí sanarás y olvidarás la pesadilla que estas deleznables criaturas te han hecho vivir.

Hurco miró a la chica. Ella estaba aún sentada en el suelo, cubierta de humedad y vestida solamente con unas medias maltrechas y unas botas de tacón.

-No te retengo. Me has dado todo sin reparos, te debo gratitud a cambio de tu generosidad.

Azafata se levantó y caminó unos pasos. Altivamente, se dirigió a los presentes.

-Venís para salvar mi alma. Es conmovedor. Pero también es demasiado tarde: creo que ya he elegido mi bando. Definitivamente, el blanco no es mi color favorito.

Entonces se giró y se abrazó a Hurco que, a su vez, la estrechó tiernamente.

Gabriel le devolvió una mirada llena de odio profundo y amargo. Había perdido un alma más. Era sólo un peón en una larga partida de ajedrez, pero cada pieza cuenta, especialmente en su historial.

-¡Destruidlos a todos!

Dentro de aquel local se desató una batalla terrible. Chispas azuladas surcaban el aire, chorros de fuego calcinaban lo que se les interponía. Hurco hizo un gesto con sus manos y el suelo se abrió bajo sus pies. Todo se desplomó al abismo. Hurco, Azafata y una legión de criaturas del averno caían suavemente. Algunos de los soldados blancos que no reaccionaron a tiempo se precipitaron en aquella sima para desintegrarse en millones de diminutas estrellas. El resto miraba desde el borde maldiciendo e increpando a los demonios mientras escapaban.

Abajo, un resplandor rojo anunciaba cual era su destino. Hurco tenía a Azafata entre sus brazos. Un agradable calor los envolvía.

-¿Qué va a pasar ahora? - Preguntó azafata, algo asustada. Hurco le devolvió una sonrisa tranquilizadora, no sin algo de picardía y respondió:
-Verdaderamente, no lo sé. Llevo oyendo hablar del Juicio final desde hace millones de años y empiezo a pensar que son todo habladurías sin fundamento. Lo que si puedo asegurarte es que no te costará acostumbrarte a vivir como una princesa del inframundo.

Dicen que nunca hubo un café en el callejón del infierno. Que la historia de Azafata no es más que una leyenda urbana, que cuentan para asustar a las chicas casquivanas. Pero también hay quien afirma que, algunas noches sin luna, cuando la ciudad está preñada de silencio, si nos acercamos sigilosamente por ese lugar, podremos ver el resplandor naranja del café L'Enfer y oiremos los suspiros Azafata y Hurco mientras se dan placer eternamente.
Brutal...chico...me ha encantado. De verdad, muchas gracias 😍
 

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